
La nueva. Qué horrible suena, pero es lo que soy ahora: la nueva, el bicho raro que todos desean conocer en un nuevo trabajo donde sabe Dios cuánto tiempo me iré a quedar.
Nunca me fue bien ese apelativo. Lo utilizaron por primera vez conmigo en 1993, cuando cursaba el quinto grado. Mi papá tuvo la brillante idea de cambiarme a un colegio mucho más cercano al que pudiera ir caminando. Ese, en efecto, era el Santa María de Fátima, un colegio donde pasé los peores años de mi vida y donde afloraron mis mayores inseguridades.
Tenía 9 años y un nuevo corte de pelo a lo Ruddy Rodríguez. Las niñas no dejaban de mirarme de arriba abajo y los niños comentaban y se reían entre ellos a mis espaldas. Durante el primer recreo, una niña mucho más grande que yo, pidió que le diera mis caramelitos de colores. Al negarme, acabé envuelta en la primera y única pelea de mi vida. Yo, por supuesto, salí perdiendo.
“Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé…”, decía Vallejo y n se equivocó. En esta escuela las carpetas eran bipersonales y me sentaron con un niño pecoso al que no le agradaba y solía empujarme para que me fuera de su sitio. La cosa no hubiera llegado a mayores si no me hubiera lanzado tal puñete que me lanzó hasta el pupitre de la profesora.
No, en definitiva, nunca me agradó ser la nueva, pero de eso ya habían pasado muchos años, ahora era una mujer y debía comportarme como tal.
Debía estar feliz. Había logrado dejar ese trabajo que me tenía tan agobiada para encontrar este. Alguna vez también había sido la nueva en mi anterior trabajo. Fue difícil porque ni me miraban, pero luego fui ganándome mi lugar y lo superé. Aquí sería igual.
“Sólo respira y mantén una actitud positiva”, me decía a mí misma. Todos parecían buena gente y parecía que no iba a tener problemas con nadie. Aunque claro, nunca faltan aquellos “antinuevos” que te miran con aires de superioridad y vigilan al milímetro todo lo que haces y comentan entre ellos “¿crees que pueda?” además, cuando tienen que dirigirse a ti, pese a estar a un metro, mandan a un emisario para que te digan “Haz esto, haz lo otro”.
Mi problema, además, es que soy excesivamente tímida, tengo dificultad para relacionarme con la gente que no conozco y para adaptarme a situaciones nuevas.
Lo peor de ser la nueva en un trabajo es que todos están acostumbrados a un ritmo de trabajo, van y vienen, saben lo que tienen que hacer, y una no sabe dónde está parada. En lo personal, soy muy competitiva y me gusta demostrar que soy buena en todo lo que hago, por lo que no soporto ser la opa que tiene ni idea, que necesita dirección, que ve cómo los demás trabajan mientras no hace nada.
Soy hiperactiva y siempre tengo que estar haciendo algo, y estar ahí sin hacer nada es peor que un suplicio. Sé que soy la nueva, que debo tener paciencia, que debo aprender antes de echar algo a perder, ¡pero no puedo esperar!
No es que sea soberbia, debo empezar desde cero y pagar derecho de piso, eso lo tengo claro, pero es tan difícil. Un día eres la reina en un lugar, y al día siguiente eres el estiércol en otro.
Pero así es. Si de veras soy buena, se los tendré que demostrar. Ser la chica nueva sobre la que están puestos todos los ojos y en quien nadie confía, no es fácil, pero yo soy más fuerte que eso. La vida es ir cerrando y abriendo capítulos, y ahora es el momento de iniciar una nueva etapa. Todo irá bien.



