Las amistades verdaderas son aquellas que duran para toda la vida, las que superan las pequeñas peleas y se imponen ante todo. Ese no fue nuestro caso Lilibeth.
Pensé que lo era, pues eras mi cómplice, mi confidente y esperaba que lo fueras por siempre. Jamás pensé que una deuda que te negaste a pagarme marcaría el cisma de la alianza que firmamos en pro de nuestros “intereses mancomunados”.
Podría decir que Soda Stereo tiene la culpa, que el concierto tuvo la culpa, pero no, fuimos nosotras mismas, sí, tú y yo, las que tiramos por la borda nuestro comadrazgo: yo por impulsiva, torpe y bruta y tú por intolerante y culparme de todo y creer que si te fallé, fue por mis malos sentimientos. Ciertamente no soy 100% buena, soy un ser humano, pero a ti, Lilibeth Orrillo, te brindé mi más sincera amistad, siempre me mostré tal cual y lo sabes, me conoces mejor que nadie y aunque prefieres pensar que soy la versión moderna de Damián, sabes bien que te quise (y te quiero), porque confié en ti más que en cualquier otra persona.
Te conocí el primer día de clases de la universidad. Yo, una niña tonta, que apenas sabía cómo regresar a casa y tú, una chica tímida y algo diplomática. Salimos dentro de un mismo grupo a pasear por el Jirón de la Unión, aunque aquella vez no cruzamos palabra. Al día siguiente, te sentaste delante de mí y me preguntaste cómo me llamaba. Por entonces, me parecías muy tranquila para mi gusto y no me interesaba tu amistad, pero el destino se empeñó en unirnos. Ninguna tenía compañero para el trabajo de Ciencias Sociales y aunque yo tuve que hacerlo todo y tú sólo lo tipeaste a máquina de escribir, nuestra exposición de curanderismo fue una de las mejores, o no?
Nunca olvidaré la calavera de papel que preparaste para “dar ambiente”; sin duda, ya desde entonces, hacíamos un buen equipo. Luego, llegaron “los cachorritos”, nuestros compañeros de salón que nos derretían con sus caritas de bebés, hasta el punto que enrojecías como un tomate cuando los tenías cerca. Es que ya no te acuerdas de eso Lili?
Quizá sí recuerdes cuando cumplí 18 y preparamos (o al menos lo intentamos) lasagna en mi casa, claro! Olvidamos que los fideos debían cocinarse primero, pero éramos tan pueriles que ni siquiera sabíamos algo así. Aunque a veces (o muchas veces) me daba vergüenza tu actitud infantil, siempre me nació tenerte cariño, recuerdo que al vernos (ese día de mi cumpleaños) a la salida de la clase del profesor Tejas, corrimos a abrazarnos mismas Titanic y tú me regalaste un perrito de peluche “en memoria de cachorrito triste”. Dime Lilibeth, ¿es que eso no vale de nada ahora? Sí pues, luego me alejé de ustedes por Tatiana y te enojaste conmigo cuando quisimos quitarte de un grupo de trabajo, pero entiéndeme: no habías participado ni una sola vez y no merecías sacarte la misma nota que nosotros. Meses después, cuando regresé al fenecido “cuartel de las feas”, tú ya no estabas porque el amor había llegado a tu vida y no tenías tiempo para nada más.
Debo reconocer que Víctor Hugo me parecía un muchacho agradable y buen mozo y nunca entendí por qué lo tratabas mal y hasta lo dejaste, si él (se le notaba) te amaba con devoción; nunca te envidié, si es lo que querías saber, sólo no entendía por qué no valorabas la suerte de haber encontrado al “uno en un millón” que te quería y respetaba sin condiciones. Al culminar nuestros estudios, no volví a saber de ti hasta que dos años después te llamé por esa costumbre mía de telefonear a la gente para saber qué fue de sus vidas. Grande fue mi sorpresa al enterarme que no te habías casado como yo imaginaba, si no qué más bien habías dejado a Víctor Hugo y te encontrabas disfrutando de tu nueva etapa.
El resto ya lo recordarás: nos reencontramos en la universidad, me dijiste que yo no había cambiado nada, te conté que me había quedado sin trabajo y me había peleado con Dulce. Luego vino otra salida, esta vez con la ingrata Sandra y te presentamos a Conan, y aunque pareció que no se llevaban para nada, lo mejor estaba por comenzar verdad?
Las dos estábamos desempleadas, así que teníamos todo el tiempo del mundo para reunirnos. Así, me acompañaste a hacerme un tatuaje, fuiste a mi cumpleaños (donde me confesaste que te gustaba Conan) y te dije que a mí me gustaba el amigo de él y empezamos a maquinar nuestro primer plan: lograr que esos dos cayeran en nuestras redes.
Maquinar, desde entonces, ése era nuestro hobby, aunque el 99% de las veces nada nos salía bien, pero igual era tan divertido jugar con esos hombres como si fueran marionetas. Contar todo lo que hicimos en los próximos dos años sería interminable.
Por ejemplo, cuando estuviste conmigo el día que me licencié (y por poco me echas a perder la exposición con esas diapositivas que no iban con lo que yo decía); ese día dio pie a la famosa reunión en la que me hiciste invitar a Rony (el chico por el que me derretía) y luego a Conan, todo con la finalidad de que te lo ligues, aunque lejos de lograrlo, quedé ante sus ojos como una manipuladora…y nada más porque le mentí que estaba mal y lo hice venir a las 3 a.m. en vano (una cosa de nada).
Aunque durante ese tiempo tuvimos nuestras diferencias, todo pasaba, por eso pensé que nuestra amistad estaba bien cimentada, pero el viaje al pueblito de San Jerónimo fue el que dejó una pizca de inconformidad de tu parte hacia mí. Viajamos con Conan (para variar), igual no pasó nada entre ustedes (para variar). Todo iba bien, pero en nuestro paseo dominical por la mañana, morías de sueño y te comportaste hosca conmigo, así que decidí hacer algo para que aprendas a hablarme bien: fugué de regreso a la ciudad. Pudo ser muy estúpido irme, pero aunque prefieras atribuirlo a mis malos sentimientos, lo hice por impulsiva, no me justifico, no digo que esté bien, simplemente lo hice y punto, no puedo dar marcha atrás, entiéndelo.
Pese a eso (que me pareció más grave que lo de Soda) retomamos nuestra relación de compinches “2 corazones, 1 sólo cerebro”, pero sólo duró unos meses, pues comprar para ambas las entradas para el concierto de Soda Stereo fue la gota que rebalsó el vaso. Fue un 13 de noviembre. Era el día del concierto “Voces Solidarias”, las entradas estaban agotadas: yo tenía mi boleto, pero tú no y la verdad, no estaba dispuesta a dejar de entrar por ti, estaría Alejandro Sanz y tú sabes que lo amo y no podía faltar.
Entonces, te pedí el dinero que me adeudabas por la entrada a Soda y eso dio pie a una discusión pues a mí no me pareció justo comprar tu entrada con la promesa que después me la pagabas y luego me dijeras que siempre no ¿Qué estupidez, no te parece? De Ripley, pero algo tan ridículo como eso acabó con nosotras, no un hombre, no un chisme, sino una entrada a Soda Stereo!!! Supongo que ese hecho se unió a lo que hice en San Jerónimo y otra larga lista de etcéteras, pero en fin, esa es tu decisión mi estimada Lilibeth, me gustaría decírtelo personalmente, pero no creo que sea posible, te conozco y sé que lejos de disculparme, harías un ademán de soberbia y dirías: “Está bien, yo no soy una persona rencorosa y te perdono para que no me sigas rogando”. Por lo tanto, para evitar ese mal trago, no me queda más que decir: “C’est la vie et au revoir, merci beaucoup”.