Lilibeth

29 02 2008

Las amistades verdaderas son aquellas que duran para toda la vida, las que superan las pequeñas peleas y se imponen ante todo. Ese no fue nuestro caso Lilibeth.

Pensé que lo era, pues eras mi cómplice, mi confidente y esperaba que lo fueras por siempre. Jamás pensé que una deuda que te negaste a pagarme marcaría el cisma de la alianza que firmamos en pro de nuestros “intereses mancomunados”.

Podría decir que Soda Stereo tiene la culpa, que el concierto tuvo la culpa, pero no, fuimos nosotras mismas, sí, tú y yo, las que tiramos por la borda nuestro comadrazgo: yo por impulsiva, torpe y bruta y tú por intolerante y culparme de todo y creer que si te fallé, fue por mis malos sentimientos. Ciertamente no soy 100% buena, soy un ser humano, pero a ti, Lilibeth Orrillo, te brindé mi más sincera amistad, siempre me mostré tal cual y lo sabes, me conoces mejor que nadie y aunque prefieres pensar que soy la versión moderna de Damián, sabes bien que te quise (y te quiero), porque confié en ti más que en cualquier otra persona.

Te conocí el primer día de clases de la universidad. Yo, una niña tonta, que apenas sabía cómo regresar a casa y tú, una chica tímida y algo diplomática. Salimos dentro de un mismo grupo a pasear por el Jirón de la Unión, aunque aquella vez no cruzamos palabra. Al día siguiente, te sentaste delante de mí y me preguntaste cómo me llamaba. Por entonces, me parecías muy tranquila para mi gusto y no me interesaba tu amistad, pero el destino se empeñó en unirnos. Ninguna tenía compañero para el trabajo de Ciencias Sociales y aunque yo tuve que hacerlo todo y tú sólo lo tipeaste a máquina de escribir, nuestra exposición de curanderismo fue una de las mejores, o no?

Nunca olvidaré la calavera de papel que preparaste para “dar ambiente”; sin duda, ya desde entonces, hacíamos un buen equipo. Luego, llegaron “los cachorritos”, nuestros compañeros de salón que nos derretían con sus caritas de bebés, hasta el punto que enrojecías como un tomate cuando los tenías cerca. Es que ya no te acuerdas de eso Lili?

Quizá sí recuerdes cuando cumplí 18 y preparamos (o al menos lo intentamos) lasagna en mi casa, claro! Olvidamos que los fideos debían cocinarse primero, pero éramos tan pueriles que ni siquiera sabíamos algo así. Aunque a veces (o muchas veces) me daba vergüenza tu actitud infantil, siempre me nació tenerte cariño, recuerdo que al vernos (ese día de mi cumpleaños) a la salida de la clase del profesor Tejas, corrimos a abrazarnos mismas Titanic y tú me regalaste un perrito de peluche “en memoria de cachorrito triste”. Dime Lilibeth, ¿es que eso no vale de nada ahora? Sí pues, luego me alejé de ustedes por Tatiana y te enojaste conmigo cuando quisimos quitarte de un grupo de trabajo, pero entiéndeme: no habías participado ni una sola vez y no merecías sacarte la misma nota que nosotros. Meses después, cuando regresé al fenecido “cuartel de las feas”, tú ya no estabas porque el amor había llegado a tu vida y no tenías tiempo para nada más.

Debo reconocer que Víctor Hugo me parecía un muchacho agradable y buen mozo y nunca entendí por qué lo tratabas mal y hasta lo dejaste, si él (se le notaba) te amaba con devoción; nunca te envidié, si es lo que querías saber, sólo no entendía por qué no valorabas la suerte de haber encontrado al “uno en un millón” que te quería y respetaba sin condiciones. Al culminar nuestros estudios, no volví a saber de ti hasta que dos años después te llamé por esa costumbre mía de telefonear a la gente para saber qué fue de sus vidas. Grande fue mi sorpresa al enterarme que no te habías casado como yo imaginaba, si no qué más bien habías dejado a Víctor Hugo y te encontrabas disfrutando de tu nueva etapa.

El resto ya lo recordarás: nos reencontramos en la universidad, me dijiste que yo no había cambiado nada, te conté que me había quedado sin trabajo y me había peleado con Dulce. Luego vino otra salida, esta vez con la ingrata Sandra y te presentamos a Conan, y aunque pareció que no se llevaban para nada, lo mejor estaba por comenzar verdad?

Las dos estábamos desempleadas, así que teníamos todo el tiempo del mundo para reunirnos. Así, me acompañaste a hacerme un tatuaje, fuiste a mi cumpleaños (donde me confesaste que te gustaba Conan) y te dije que a mí me gustaba el amigo de él y empezamos a maquinar nuestro primer plan: lograr que esos dos cayeran en nuestras redes.

Maquinar, desde entonces, ése era nuestro hobby, aunque el 99% de las veces nada nos salía bien, pero igual era tan divertido jugar con esos hombres como si fueran marionetas. Contar todo lo que hicimos en los próximos dos años sería interminable.

Por ejemplo, cuando estuviste conmigo el día que me licencié (y por poco me echas a perder la exposición con esas diapositivas que no iban con lo que yo decía); ese día dio pie a la famosa reunión en la que me hiciste invitar a Rony (el chico por el que me derretía) y luego a Conan, todo con la finalidad de que te lo ligues, aunque lejos de lograrlo, quedé ante sus ojos como una manipuladora…y nada más porque le mentí que estaba mal y lo hice venir a las 3 a.m. en vano (una cosa de nada).

Aunque durante ese tiempo tuvimos nuestras diferencias, todo pasaba, por eso pensé que nuestra amistad estaba bien cimentada, pero el viaje al pueblito de San Jerónimo fue el que dejó una pizca de inconformidad de tu parte hacia mí. Viajamos con Conan (para variar), igual no pasó nada entre ustedes (para variar). Todo iba bien, pero en nuestro paseo dominical por la mañana, morías de sueño y te comportaste hosca conmigo, así que decidí hacer algo para que aprendas a hablarme bien: fugué de regreso a la ciudad. Pudo ser muy estúpido irme, pero aunque prefieras atribuirlo a mis malos sentimientos, lo hice por impulsiva, no me justifico, no digo que esté bien, simplemente lo hice y punto, no puedo dar marcha atrás, entiéndelo.

Pese a eso (que me pareció más grave que lo de Soda) retomamos nuestra relación de compinches “2 corazones, 1 sólo cerebro”, pero sólo duró unos meses, pues comprar para ambas las entradas para el concierto de Soda Stereo fue la gota que rebalsó el vaso. Fue un 13 de noviembre. Era el día del concierto “Voces Solidarias”, las entradas estaban agotadas: yo tenía mi boleto, pero tú no y la verdad, no estaba dispuesta a dejar de entrar por ti, estaría Alejandro Sanz y tú sabes que lo amo y no podía faltar.

Entonces, te pedí el dinero que me adeudabas por la entrada a Soda y eso dio pie a una discusión pues a mí no me pareció justo comprar tu entrada con la promesa que después me la pagabas y luego me dijeras que siempre no ¿Qué estupidez, no te parece? De Ripley, pero algo tan ridículo como eso acabó con nosotras, no un hombre, no un chisme, sino una entrada a Soda Stereo!!! Supongo que ese hecho se unió a lo que hice en San Jerónimo y otra larga lista de etcéteras, pero en fin, esa es tu decisión mi estimada Lilibeth, me gustaría decírtelo personalmente, pero no creo que sea posible, te conozco y sé que lejos de disculparme, harías un ademán de soberbia y dirías: “Está bien, yo no soy una persona rencorosa y te perdono para que no me sigas rogando”. Por lo tanto, para evitar ese mal trago, no me queda más que decir: “C’est la vie et au revoir, merci beaucoup”.






DULCE PAZ

29 02 2008

Dulce Paz. Su sólo nombre indicaba que era una buena persona, que se equivoca, como todos, pero es sin dudas, una de las chicas de mejor corazón que he conocido. Cuando me uní nuevamente al cuartel de las feas, ella estaba ahí, era una de las nuevas integrantes de nuestro renovado grupo. Bonachona y sin malicia, es así como yo la definiría (al menos hasta antes de conocerme), pero la experiencia vivida al lado de Tatiana y Javier hizo que no tardara en enseñarle los “placeres de la vida”.

¿Cómo empezamos a ser tan buenas amigas? No lo recuerdo. Sólo sé que con el pasar de los meses, ella, Sandra y yo nos hicimos inseparables, tanto que nos llamaban “Las Chicas Superpoderosas”. Una de nuestras primeras aventuras juntas fue cuando tuvimos que realizar una puesta en escena en la que Sandra y yo debíamos interpretar a una pareja de lesbianas y Dulce sería la madre castigadora y severa. Cómo nos divertimos aquella vez verdad chicas? Aunque al principio, estábamos muy nerviosas, todo eso pasó con un pequeño brindis con mezcal.

Mis días con las birras habían terminado, para darle paso ahora al mezcal…pero no piensen mal, que tampoco es que fuéramos una alcohólicas, sin embargo, no podrán negar que el alcohol es el mejor “rompehielos” y el ingrediente ideal para sazonar cualquier amistad. Creo que fue en nuestro último año de Derecho que hicimos una de nuestras más grandes travesuras. Dulce no había logrado concretar uno de sus cambios de curso y decidimos acompañarla en su decepción: compramos una botella barata de mezcal y nos encerramos en un aula vacía de la universidad. Dulce se tomó casi toda la botella sola. Ebria como estaba, por supuesto, la llevamos al patio para que se le pase, pero Sandra y yo necesitábamos hacer un brindis más, habíamos bebido muy poco, así que sin pensarlo mucho, compramos más de ese licor y encontramos otra aula donde acabarnos el contenido. A la media hora, acabé dormida en una carpeta, mientras Sandra pugnaba por ir a buscar a su ex novio, el cual estudiaba a sólo tres metros del salón donde nos hallábamos. Cuando desperté tendida en el suelo, Dulce se encontraba leyendo su separata, cuidando de nosotras cual una madre. En buena hora que me desperté porque unos alumnos tocaron la puerta, tenían clase

¿Qué hacer? Sandra no sabía ni quién era y Dulce limpiaba los restos de vómito de nuestra amiga con una lámina; aún así nos armamos de valor y salimos con la frente en alto y llevando del brazo a Sandra, directo al baño. Sin duda, una locura inolvidable de la universidad. Tiempo después, conocimos a unos chicos que estudiaban ingeniería y empezamos a frecuentarlos, pues en ellos teníamos a los compañeros para nuestras noches de diversión que hasta entonces pasábamos solas. Lo más significativo fue el día del aniversario de la universidad, bailamos hasta el amanecer y Dulce, una vez más la pobre Dulce, terminó alcoholizada, tanto que besó al primer muchacho que la sacó a bailar, ja, ja! Al parecer la vida (y yo) nos encargábamos de carcomer las sobras de inocencia de la apacible Dulce.

Desde entonces, las noches de farra se hicieron habituales (y necesarias) para este trío. Luego la universidad terminó y perdimos contacto con Sandra. Sólo quedábamos Dulce y yo, la historia parecía repetirse. Dulce se convirtió en mi compañera en esta aventura de muchos jóvenes: buscar trabajo. Así, dimos a parar a un estudio jurídico de quinta. Aunque nos explotaban y no nos pagaban ni un quinto la pasamos bien haciendo renegar a Edinson, nuestro fanfarrón jefe. Hubiéramos podido quedarnos ahí pero el horario, la mala condición de los equipos y la falta de facilidades nos hicieron huir al cabo de un mes. Como yo andaba muy desesperada por conseguir trabajo y acabar con la dependencia económica de mi papá, encontré al poco tiempo trabajo en una consultora, no me pagaban mucho, pero me gustaba lo que hacía. Al cabo de unos meses, mi jefa me preguntó si conocía a alguien para que colaborara y por supuesto, no pensé en otra que my sweet Dulce, que se encontraba sin trabajar.

Eso acabó con nuestra amistad. Lamentablemente, ella no cubría las expectativas y elaboraba informes deficientes (sorry por decirlo, pero tienes que reconocerlo Dul); pese a ello, mi jefa optó por darle una tregua por unos meses para que se adaptara. Aunque debí hacerme la de la vista gorda y sentirme simplemente feliz de tener a mi amiga al lado, empecé a sentir vergüenza de ella, ya que yo la había traído. Más aún cuando mis compañeros de trabajo empezaron a hacerme comentarios como: “Por más que alguien sea mi amigo, no lo recomendaría si no sabe hacer las cosas bien, porque luego soy YO quien queda mal” (Chúpate esa, Luana!).

Le quité el habla a Dulce y en su lugar le envié correos (bastante hirientes por cierto) en los que le decía que se fuera, que era vergonzoso que permaneciera ahí sin hacer nada, que estaba robándole el puesto a alguien mejor y que mi jefa la mantenía por lástima. Ella, por mail, me respondió diciéndome: “Luana, no te preocupes, tú no quedas mal, si no yo y nuestra jefa me ha pedido que me quede”.

Yo me sentí defraudada de ella, sentí que era una fresca y caradura y nuestra separación se hizo definitiva. Incluso llegué a contarle a mi jefa lo que sucedía con Dulce y que quería renunciar por mis diferencias con ella, pero no me lo permitió y me dijo que en el centro de trabajo dejáramos nuestros problemas de lado. Ahora lo entiendo, fue una pelea tan infantil, una disputa que yo inicié y de la que me arrepiento tanto, pues perdí a una gran amistad. Poco tiempo después, la consultora se trasladó a otra ciudad y todos, absolutamente todos, quedamos en la calle, así que tuve el gusto de alejarme de Dulce, pues no la volví a ver.

Mi querida Dul, si la vida te había ya golpeado arrebatándole la vida a tu primer y único amor (sí, de ese que nunca quieres hablar, y prefieres pensar que está de viaje) y te dio como hermano a un sátrapa nefasto, ¿por qué también tuvo que cruzarte en mi camino? Tú me enseñaste a ser transparente, leal, a no perder la fe pase lo que pase y a hacer el bien sin mirar a quién, en cambio yo, creo que no te dejé ninguna lección rescatable.

Hace poco te escribí, sólo para decir “lo siento” por mi proceder y me dijiste, tan sabia como siempre, que debía aprender a perdonarme como tú lo habías hecho contigo misma y que aunque nuestra amistad merecía un descanso (bastante largo por cierto), me deseabas suerte. Gracias por eso, my sweet Dulce, pero no me basta, pues la desazón que me queda por haberte tratado mal a ti que no te lo merecías es algo que lamentaré por mucho tiempo.






TATIANA

23 02 2008

Tatiana Arrese podría llamarse la primera de mis “víctimas”. La conocí en la universidad. Durante los primeros ciclos, sólo era mi compañera en los trabajos de grupo, pero con el tiempo, empezamos a forjar una amistad muy íntima, de esas que con sólo una mirada, comprendes muy bien lo que el otro quiere decir. Siempre le tuve cariño, la admiraba por su inteligencia y dotes de líder, pero ella tenía su grupo y yo el mío, “el cuartel de las feas”, un grupo donde sólo podían ser admitidas las niñas buenas, tranquilas y vírgenes, qué tiempos aquellos!

Podríamos decir que nuestra amistad se hizo más fuerte cuando cursábamos el sexto ciclo de Derecho. Entonces formamos “la triada” junto a Javier, dejé de lado a mis amigas de siempre para sumirnos en un sin fin de anécdotas que casi siempre, tenían como protagonista una botella de cerveza. Aún recuerdo nuestras huidas de clases para fumar en el patio o vagar por las calles de la ciudad, o simplemente tomar en mi casa viendo televisión para criticar a la conductora del programa del mediodía o aprendiendo los pasos de los bailes de moda.

Mi cumpleaños fue un acontecimiento para el que nos preparamos con un mes de anticipación juntando nuestras propinas de adolescentes, todo con tal de que ese día no faltara nada. Lo más gracioso fue cuando mi hermana llegó y nos encontró bailando baladas a oscuras, ¡qué horror! Pero sin lugar a dudas los más significativo fue nuestro viaje a un pueblito del interior junto al novio de Tatiana, con quien también habíamos hecho muy buenas migas. Javi y yo nos encargamos de “casarlos” brindando con las 23 latas de cerveza que a duras penas había traído cargando en mi mochila. ¡Caray! Lo que puede hacer el alcohol verdad? Como la vez que metimos varias botellas de birra al cine y de puro milagro que las empleadas no nos echaron o cuando fuimos a una disco a hacer un análisis sociocultural y Tatiana terminó rompiendo un vaso y yo bailando “Amor a la mexicana” sobre una mesa. Pero como todo tiene su final, éste llegó un año después.

Tatiana, que me había enseñado a disfrutar de los placeres de la vida, tenía también un carácter explosivo y ahora que Javi había dejado la universidad para trabajar y sólo quedábamos las dos, nuestras discusiones empezaron a hacerse más seguidas.

Yo extrañaba “el cuartel de las feas”, sí, aquel que había dejado, pero que de una manera u otra me había acogido cuando empecé la vida universitaria. Ellas me habían olvidado ya y la única manera de reincorporarme era alejándome de Tatiana. El día de mi cumpleaños ella había organizado un plan, el cual acepté a regañadientes, por lo que ese mismo día desistí de ir, lo que trajo consigo la hecatombe. Yo no entendía el empeño de ir a festejar hasta las afueras de Lima, lo que no sabía era que ella había alquilado un local para nosotros y con arreglos florales que había mandado traer para mí.

Entonces nuestro alejamiento fue total; yo regresé con mis amigas de siempre (pese a las intrigas que ella dijo en mi contra para separarnos) y su novio echó más leña al fuego inventando que yo le había contado sabe Dios qué cosas y claro, no tuve cómo defenderme. Así llegó el día de la graduación, en el cual nos dimos espontáneamente un abrazo de felicitación. No la vi más. De ella sólo sé que se dedica a la representación de artistas vernaculares. Ahora sólo me quedan los recuerdos, la smil anécdotas que pasamos y siempre, con una sonrisa a flor de labios.

No deseo recuperar su amistad, esta quedó enterrada con los años y ella ni yo somos ya las mismas. No sé qué es lo que sienta ella, pero yo siento mucha alegría de haberla conocido, pues la considero una mujer fuerte y generosa (claro, como amiga, porque de enemiga ni les cuento). Las tonterías que yo hice o ella hizo forman parte de nuestros pasados y ahora sólo espero que no me guarde rencor.






LOS AMIGOS QUE PERDI

17 02 2008

Los amigos que perdí. Ese es el nombre de una novela (que particularmente me encantó) de Jaime Bayly y que ahora, podría titularse a la historia que les quiero contar. Podría llamarla “Los errores que cometí”, “Es imposible echar el tiempo atrás”, pero no podrían explicar de mejor forma, lo que explicaré en estas líneas. “No soy perfecta, pero quién lo es”, esa podría ser mi excusa, muy válida, pero no suficiente, porque con ello no podría reparar el daño que hice y las palabras con las que herí a gente que me quiso y que yo (a mi modo) también quise. Soy muy complicada, lo sé, sé que tengo una personalidad del demonio, que es difícil lidiar conmigo y que la gente que me conoce o me odia o me ama…quizá fue inmadurez, estupidez, pero reconocerlo ahora servirá de algo?  Es sólo que hoy se me dio por hacer un recuento a mis 34 años de vida, sola, frente al mar y con un daiquiri de mango en la mano (disfrutando de mis vacaciones de la oficina) y me puse a pensar en las cosas que hice y que, para bien o para mal, hicieron de mí lo que soy ahora; en mis aciertos, mis errores (caray! Cuántos errores) que hicieron que personas que, en su momento, fueran personajes principales en mi vida, hoy no estén más y tan sólo hayan tenido un paso fugaz en mi vida, no sin antes dejarme importantes lecciones que siempre llevaré conmigo. Son pocas las amistades que duran para toda la vida. Llegar a viejos con un amigo al lado es todo un mérito; la mayoría de personas se van alejando con el tiempo, pero en mi caso ni siquiera fue así. Lamentablemente esos que fueron alguna vez mis amigos guardan el peor de los recuerdos de Luana Pacheco…”¿Luana Pacheco?, esa bitch, esa estúpida, se portó mal conmigo, es una mala persona, ni me la menciones..” serían sus opiniones respecto a mí. Pues bien, a esas personas es a quienes me dirijo aquí. Pues bien, a esas personas es a quienes me dirijo aquí, no para pedirles perdón y que todo vuelva a ser como antes, sino para que sepan que lo siento, pero no que no puedo ser mejor de lo que soy.





carta de una mascota

14 02 2008

hago una pausa para publicar este cuentico….chequen esto ……para reflexionar sobre la importancia de amar a nuestras mascostas..gracias peter por la historia…

1ra. Semana. Hoy cumplí una semana de nacido…! Qué alegría haber llegado a este mundo.
1 mes. Mi mamá me cuida muy bien. Es una mamá ejemplar!
2 meses. Hoy me separaron de mi mamá. Estaba muy inquieta, y con sus ojos me dijo adiós, esperando que mi nueva “familia humana” me cuidara también como ella.
4 meses. He crecido rápido; todo me llama la atención, hay niños en la casa que para mi son “mis hermanitos”. Somos muy inquietos, ellos me jalan la cola y yo le muerdo jugando.
5 meses. Hoy me regañaron. Mi ama se molestó por que me hice “pipi” dentro de la casa; pero nunca me han enseñado donde debo hacerlo. Además duermo en la recamara ¡Ya no me aguantaba!
8 meses. Soy un perro feliz. Tengo calor de un hogar, me siento tan seguro, tan protegido. Creo que mi familia humana me quiere y me consciente mucho. Cuando están comiendo me convidan. El patio es para mi solito y me doy vuelo excavando como mis antepasados lobos, cuando escondieron su comida. Nunca me educan, ha de estar bien todo lo que hago.
12 meses. Hoy cumplí un año. Soy un perro adulto. Mis amos dicen que crecí mucho más de lo que ellos pensaban, que orgullosos deben de sentirse de mi!
13 meses. Que mal me sentí hoy, mi “hermanito” me quitó la pelota. Yo nunca le agarro sus juguetes. Así que se la quité. Pero mis mandíbulas se han hecho muy fuertes, así que lo lastime sin querer. Después del susto me encadenaron, casi sin poderme mover, al rayo del sol. Dicen que van a tenerme en observación, y que soy ingrato. No entiendo nada de lo que pasa.
15 meses. Ya nada es igual…vivo en la azotea. Me siento muy solo… mi familia ya no me quiere. A veces se les olvida que tango hambre y sed. Cuando llueve no tengo un techo que me cobije.
16 meses. Hoy me bajaron de la azotea. De seguro mi familia me perdonó. Yo me puse tan contento, que daba saltos de gusto. Mi rabo parecía rehilete. Encima de eso, me van a llevar con ellos de paseo. Nos enfilamos hacia la carretera y de repente pararon. Abrieron la puerta y bajé feliz, creyendo que haríamos nuestro “día de campo”. No comprendo porque cerraron la puerta y se fueron ¡Oigan, esperen! Ladré… ¡Se olvidan de mí! Corrí detrás del coche con todas mis fuerzas, mi angustia crecía al darme cuenta que casi me desvanecía y ellos no se detendrían. Me habían abandonado.
17 meses. He tratado en vano de buscar el regreso a casa. Me siento y estoy perdido. En mi sendero hay gente de buen corazón que me ve con tristeza y me da algo de comer. Yo les agradezco con una mirada desde el fondo de mi alma. Yo quisiera me adoptaran y sería leal como ninguno pero solo dicen “pobre perrito”, se ha de haber perdido.
18 meses. El otro día pase por una escuela y vi muchos niños y jovencitos con mis “hermanitos”. Me acerqué, y un grupo de ellos, riéndose, me lanzaron una lluvia de piedras, a ver quien tenia mejor tino. Una de esas piedras, me lastimó un ojo, y desde entonces ya no veo con él.
19 meses. Parece mentira cuando estaba más bonito se compadecían más de mi. Ya estoy muy flaco; mi aspecto va cambiando. Perdí mi ojo y la gente más bien me saca a escobazos cuando pretendo echarme en una pequeña sombra.
20 meses. Casi no puedo moverme. Hoy al tratar de cruzar una calle por donde pasan muchos coches, uno me arrolló. Según yo estaba en un lugar seguro llamado cuneta, pero nunca olvidaré la mirada de satisfacción del conductor que hasta se ladeó con tal de centrarme. Ojalá me hubiera matado. Pero solo me dislocó la cadera. El dolor es terrible, mis patas traseras no me responden y con dificultades me arrastré hacia un poco de hierba a la ladera del camino.
Tengo 10 días bajo el sol, la lluvia, el frío, sin comer. Ya no me puedo mover. El dolor es insoportable. Me siento muy mal; quedé en un lugar húmedo y parece que hasta mi pelo se está cayendo. Alguna gente pasa y ni me ve; otras dicen, “No te acerques”.
Ya casi estoy inconsciente; pero alguna fuerza extraña me hizo abrir los ojos. La dulzura de su voz me hizo reaccionar “pobre perrito, mira como te han dejado”, decía… Junto con ella venía un señor con bata blanca, empezó a tocarme y dijo: “Lo siento señora, este perro ya no tiene remedio, es mejor que deje de sufrir” A la gentil dama se le salieron las lágrimas y asintió. Como puede, moví mi rabo y la miré agradeciéndole que me ayudara a descansar. Solo sentí un piquete de la inyección y me dormí para siempre pensando porque tuve que nacer si nadie me quería.





aventuras en minifalda(IV)

13 02 2008

He tratado de dejarlo, pero todos los intentos me terminan devolviendo a este mundo, y es que ya me acostumbré; será que ya me convertí en una experta, tengo mis “caseritos” y gano lo suficiente para vivir, pero no fue nada fácil al principio: llegué a la prostitución por una amiga de la pensión donde vivía, la cual me convenció de ir juntas a la calle bajo el mando de un hombre que terminó muerto en una redada.

Mi primer cliente fue un sexagenario que quería probarse a sí mismo que no era impotente; de más está decir que fue terrible, pero a decir verdad, ya había pasado por peores cosas: una vez estuve con dos chicos que acababa de conocer en una discoteca del Retablo, eran mis épocas en que me sumí en el alcoholismo y no sabía lo que hacía. También me metí a una pandilla del cono norte, aunque no por mucho tiempo, luego que me despidieran de un grill donde trabajaba como bailarina por pepear a un parroquiano; aunque suene atroz, disfruté esas épocas cuando andábamos por las calles, disputándonos nuestro territorio y nos tatuábamos unos a otros con pedazos de vidrio, pero lo dejé cuando en una noche me metí drogada con un tipo del que ni recuerdo su rostro y volví a quedar embarazada y lo volví a abortar. Me arrepiento mucho de haber matado unas criaturitas inocentes que quien sabe, podrían haberle dado un sentido diferente a mi vida. Pero si hay algo de lo que no me arrepiento es de haber acabado con la vida de Anfiloquio, el turco. Si no lo mataba, iba a volver con él y ya estaba harta de sus golpes y de que se llevara toda mi plata. Hace tiempo que venía pensándolo pero me decidí hace tres semanas cuando me confesó que me había hecho el peor daño que nadie jamás me hubiera hecho. Me lo dijo en medio de sus tantas borracheras y mi furia fue tal que lo apuñalé con el cuchillo de cocina, sí, lo apuñalé hasta cansarme, y no me arrepiento. Al contrario, disfruté haciéndolo porque se lo merecía, nunca lo perdonaré.

Ahora estoy todo el día en “mi oficina” de Zepita, ya si me encierran en la cárcel o me muero, me da lo mismo. Claro que quisiera cambiar, pero ya no lo creo posible, siento que he empezado a recoger las huellas que dejé en la vida; no soy la de antes, mis piernas amanecen cansadas, así que sólo esperaré que la muerte, bajo la máscara de la peste rosa, venga por mí.





aventuras en minifalda(III)

11 02 2008

Para ese entonces, había conseguido trabajo como vendedora en el Mercado Central y tras contarle a mi amiga Katiuska de mi estado, no dudó en recomendarme de un lugar donde solucionaban “atrasos menstruales” en un dos por tres. Ella había ido hace unos meses con su enamorado y dijo que todo había salido bien. Era un departamento al interior de una quinta en San Martín de Porres. Era horrible, pero estaba decidida: no pensaba cargar con el hijo de un hombre que había abusado de mí. Luego de esperar mi turno, lo hice, me dieron un té de no sé que hierbas y después de dos horas, procedieron a hacerme el legrado. Todo estaba hecho. Después de mi nefasto paso por Lima, pensé en regresar a mi pueblo y huir de toda la miseria que me había traído la capital, pensé en trabajar un mes más, juntar el dinero suficiente y regresar muy digna, con la frente en alto, pero no pude hacerlo.  La señora de la tienda me echó porque me estafaron con un billete de cien soles falso. Entonces trabajé de sirvienta, recepcionista, bailarina, kinesióloga, hasta que llegué a mi actual oficio.





aventuras en minifalda(II)

9 02 2008

Él me llevó a trabajar en la casa de su familia donde me miraban requetemal por ser serranita y tras hacerme trabajar como burra a cambio de techo y comida, me botaron cuando el señorito Percy, que cada vez que llegaba del colegio me enamoraba (pues yo no le era indiferente), se metió una noche a mi cuarto borracho y me tomó a la fuerza. La señora se enteró al verlo salir de mi cuarto; el señor Tello ni me defendió, claro, si fue él mismo quien le dijo a su hijo que si deseaba iniciarse, me cogiera a mí. Recuerdo muy bien que la señora me echó sin compasión a la calle, siendo aún de madrugada. Esa vez, al ver mis ilusiones destrozadas, cuánto me arrepentí de haberme ido de Tarma.  Entonces me acordé de mi mamá cuando hacía queso fresco en las mañanas para venderlo en el mercado, de mi compañerito de juegos que siempre me invitaba su cancha a cambio de que yo le prometiera casarnos de grandes; yo era muy pobre, es cierto, pero era feliz. Las cosas empeoraron luego de unos meses, cuando luego de sentirme mal y vomitar durante semanas, descubrí que estaba embarazada…





aventuras en minifalda

7 02 2008

Hola, mi nombre es Coni y vivo en San Juan de Lurigancho. Estoy solterita y sin compromisos ya que hace tres semanas me separé del desgraciado del Turco: estaba harta de sus maltratos y de que se llevara toda la plata que yo ganaba para gastársela tomando cerveza. Él era el que me cuidaba en mi trabajo, pero ahora trabajo sola. Soy psicóloga, consejera, buena amiga y amante de ocasionales clientes que se acercan a mí y alquilan mis servicios por unos cuantos minutos. Mi “oficina” se encuentra en el jirón Zepita, aquella pestilente calle que guarda inmunerables recuerdos, no sólo míos, sino de otras tantas que hemos encontrado ahí una manera de guardarnos los frejoles. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me encontraba en una ciudad desconocida y sabiendo apenas leer y escribir. Ni de vainas volvería a ser sirvienta; fue precisamente el señor Tello, un hombre muy mayor que me sacó de mi apacible Tapo, un pueblito de Tarma con sólo 14 años, el que me llenó de ilusiones respecto a la capital, sabiendo que yo deseaba emigrar de mi casa donde me cuidaban excesivamente por ser la menor de siete hermanos. Me hizo huir y ya ven, no era ni la mitad de lo que soñé…





mi vida es (V)

4 02 2008

Se levantó con toda la paciencia del mundo y tardó en darse cuenta de que era yo quien estaba a su lado. Tampoco lo creía, estaba tan desconcertado como yo, por lo que no pudo decirme lo que esperaba oír. Sí, sí, yo, Ana Curotto, tuvo relaciones con un imbécil que no me interesaba como Christopher, el negro Christopher, por error. ¡Qué asco! Él que se burlaba de mí, siendo un cegatón igual que yo. Confundí la blanca y perfecta piel de Marco con la del sacalagua ese…ag!, me sentía sucia, asquerosa, odiaba a ese hombre, ¡condenado negro esclavo! ¡Te odio Ramón Castilla! Nunca me gustaron los negros, es que parecen unos gorilas, pero ahora los odiaba, que se vayan a la mierda. ¿Pero por qué Christopher en lugar de Marco Antonio? Pues resulta que como eran compañeros de cuarto, ambos estaban borrachos. Marco vio la nota pero no la leyó, no le interesaba y se la dio a Christopher, que quedó invadido por la curiosidad y por eso vino a averiguar de quién se trataba. Luego pasó lo que pasó. Yo lo cacheteé por estúpido, por metiche y él me devolvió la bofetada, se enojó mucho: me gritó cosas horribles, dijo que si yo estaba asqueada, él lo estaba el doble por enredarse con una panzona cuatro ojos como yo, y que cómo podía ser tan imbécil como para creer que Marco Antonio o cualquier hombre sobre la Tierra se iba a fijar algún día en mí. Finalmente, me advirtió que no le contara a nadie, que olvidara lo sucedido. Entonces ocurrió una desgracia, la peor vergüenza que he vivido hasta ahora: no sé por qué, si nunca lo hacía, Paz me llamó y entró a la habitación. Ella era la ex de Marco, una de las niñas lindas del salón. Estaba perdida, de seguro le contaría a todo el mundo que vio a Christopher semidesnudo en mi cuarto. Se echó a reír y cerró la puerta rápidamente, antes de que pudiéramos inventar cualquier pretexto.  Tomé el bus a Lima cerca del mediodía. No recuerdo cómo logré escaparme del hotel sin que me vieran los profesores. Menos mal, tenía suficiente dinero para regresar a mi casa. Debí haber estado realmente deprimida, ya que mis papás increíblemente aceptaron que no fuera a clases ni me graduara con los otros alumnos aunque nunca entendieron la razón. Los profesores me dieron la oportunidad de dar los exámenes por separado y de esta manera acabé el colegio. Lo que pasó con Christopher no pasó de ser una “leyenda urbana” para la gente de mi promoción. La pregunta del millón era qué iba a ser de mí. Lo único que deseaba ahora era estar lejos, a cientos de miles de kilómetros de Lima, de mi pasado, pero lo más lejos que llegué fue a Arequipa, a estudiar periodismo. Como había trabajado en El Comercio, me recomendaron para trabajar en una revista allá. Ni modo, mis papás tuvieron que aceptar que me vaya, al cabo que no estaba tan lejos.  Y así hice mis estudios en la Ciudad Blanca y no me puedo quejar, me ha ido muy bien. Me quedé a vivir acá, hace tres meses estrené departamento nuevo, está lindo, yo misma lo decoré. Antes tenía que vivir en cuartos rentados a medias con una compañera, muy bonita para variar, le llovían los pretendientes, a veces ellos me buscaban, pero para ayudarlos a que mi amiga les hiciera caso. Yo tuve un novio en la universidad, pero no duró mucho, luego de seis meses de una “fructífera relación” (cómo me encanta ese término, siempre había querido utilizarlo), terminamos porque él consiguió una beca en España y ahora nos comunicamos por e-mail.  Sigo sola y lo seguiré por quién sabe por cuánto tiempo más, eso no me apena tanto como antes, cuando tenía quince y muy pronto dieciséis. Ya comprendí que el amor es un sentimiento muy complejo y no cualquiera puede acceder a él, pero tampoco es para morirse, hay otras cosas que nos pueden llenar…sin embargo, el amor puede llegar cuando menos lo esperas y yo aún soy joven, tengo veintiséis y muy pronto (por desgracia) veintisiete y puedo encontrar a alguien con quién compartirlo todo…sin embargo, ayer, en la biblioteca, buscando un libro sobre administración de haciendas encontré al hombre más apuesto e interesante que jamás pude conocer, pero al cruzar nuestras miradas, sentí que mi corazón dio un vuelco y preferí huir, ¿cómo hacer para saber quién es? Dejaré que sea el destino quien se encargue, yo ya no quiero volver a sufrir.