Una chica sin suerte
¿Soy yo una chica sin suerte? Y en todo caso, ¿qué es lo que define tener suerte o no? Quizá sólo sea una persona común y corriente con problemas que se le presentan a diario en su vida, total, las cosas no son fáciles para nadie y debemos pelear para obtener lo que queremos en la vida, pero es que estoy harta de ser buena y siento que estoy llegando a mi límite. Simplemente no puedo más.
ACTO I
Hoy, 4 de abril, fue simplemente un día de perros. Llego a trabajar, como todos los días a las 6 de la mañana (por Dios! Cómo pueden permitir que las personas entren a trabajar a esa hora inimaginable que todos deberíamos estar a medio sueño).
Mi computadora, vieja y destartalada, demora diez minutos en prender, me golpeo el empeine con la punta del escritorio, una herida se abre y la sangre empieza a escurrir por mi media de ositos. Tras aguantar como los machos el dolor, supero el impasse e inicio mi trabajo de obrera: realizar resúmenes de las noticias de diarios y revistas referidas al sector electricidad para una importante empresa de energía eléctrica del país, la cual paga por ello miles de dólares mensuales (de los cuales obviamente no recibo ni el 1% de las ganancias). Cuando empecé a estudiar periodismo, soñaba con ser una reportera famosa o tal vez escribir crónicas dominicales para el diario El Negocio, viajar por el mundo y pasar mi vejez escribiendo libros en París; pero, como muchos, debí conformarme con un trabajo mediocre, al que mal que bien, estoy acostumbrada y dónde sólo soy una asalariada más que cumple con su labor y se va a su casa.
Es un trabajo fácil, sencillo, aburrido y que odio con todas mis fuerzas y que cada día deseo que sea el último. Pues bien, hoy estuvo muy cerca de ser “ese último día” cuando luego de concluir, mi jefa llamó a mi anexo sumamente irritada (como siempre) y me trató como entenada (como siempre) porque había olvidado poner una nota importantísima. Yo le respondí que la nota sí se encontraba, pero ella optó por callarme y decirme que no estaba y que no me aguantaba una nota más. Yo no soy una persona sumisa y quedarme callada cuando me gritan y asentir como una papanatas, pero me vi obligada a hacerlo pues no quería que mis demás compañeros (entre los cuales está una mujer embarazada y su hermana, de las que no soy su santo preferido) notasen que me estaban diciendo mi vida, más aún cuando no era culpable, pues al revisar nuevamente el documento, la bendita nota se encontraba ahí, sólo que mi adorable jefa no se había percatado. Al enterarse de su error, no me pidió disculpas ni mucho menos, pero en cambio, sí me retrasó 45 minutos con mi trabajo pendiente. Maldita vieja! Está acostumbrada a ningunear a todos y como todos son unos pusilánimes que agachan la cabeza porque no desean perder su miserable trabajo (incluyendo al novio de ésta, de 25 años), piensa que a mí también me va a tratar como perro? Pues no, a ver quién le hace ahora sus putos resúmenes del fascinante mundo de la energía porque yo renuncio, es mejor perder el empleo a perder la dignidad. Esa será mi venganza y que agradezca que no dejo una bomba molotov en su escritorio, infame gorda roñosa.
ACTO II
Llego a mi casa y no hay luz, nos cortaron porque nos atrasamos tres días, tres miserables días en el pago, deberemos pasar la noche en vela. Qué día! Le cuento (vía SMS) a mi novio lo sucedido y él me responde irónicamente: “¡Qué pena! Pero paga la luz”, genial! ¿Ese es el apoyo que puedo esperar de la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida? El siguiente paso y el más repugnante es dedicarme al aseo de la casa. No podré trapear porque el trapeador se partió en dos pero al menos limpiaré un poco: El escenario no puede ser más desolador: ¿Es que habrá fuerza humana que mejore la apariencia de esta casa? Lamentablemente vivo con tres gatos: una que adoptamos, su hijo y mi papá, los cuales lejos de ayudarme, contribuyen a que mis denodados esfuerzos por mantener limpia la casa duren más de tres horas: el hijo de mi gata meó toda la azotea, mi gata dejó sus huellas en el repostero de la cocina y el gato mayor, mi papá, dejó el sanitario recién lavado oliendo a amoniaco y sus vellos púbicos alrededor de la taza, la ducha y la cocina…la cocina? ¿Alguien me puede explicar que hacen dos pilosidades de ese tipo al lado del lavadero de la cocina?
Eso es too much para mí, así que luego de limpiar con dos guantes en cada mano para evitar el mínimo contacto con tanta excreta, intento barrer pero una mancha negra y pegajosa en el piso me dice que necesito un trapeador urgente. Lo compro, trapeo y llega mi papá y deja sus patas de mugre en el piso aún sin secar. No puedo más, es imposible vivir al lado de alguien, tan, pero tan cochino, que se quede viviendo en su chiquero rodeado de gatos, yo me voy, ¿a dónde? No lo sé. No tengo casa, no tengo un peso en el bolsillo, no tengo empleo, sólo la convicción de que debo fugar ya mismo y muy lejos, a un mundo donde la gente sea bonita, las paredes sea color de rosa, podamos comer papas fritas sin engordar y sobre todo, no haya polvo ni vellos púbicos.
ali baba dijo:
Abril 24, 2008 a 5:20 pm
jejeje