EL TIEMPO ES ORO

28 05 2008

Alberto Panduro checa por enésima vez su reloj de bolsillo que, aunque viejo, marca puntual las horas, tan importantes para él. Son las 7:23 de la mañana y por supuesto Alberto tiene planificado cada minuto de su caminata para llegar a su trabajo a las ocho de la mañana.

Va cruzando la calle junto con los otros transeúntes; no puede llegar ni 30 segundos más tarde. “Eres un maniático, debes tener planeada hasta tu muerte”, le dice su esposa cada mañana cuando le entrega su camisa planchada. Tal vez sea cierto, pero a él no le importa, no piensa cambiar, así lo juró aquel día, aquel fatídico día que cambió su vida y que no podía olvidar.

Él tenía once años y después de ir al colegio llegaba a cuidar de su madre; ella padecía un tipo de virus que él nunca supo qué era. No tenía dinero para curarla, ella empeoraba, las medicinas se iban acabando de nuevo, incluso la más importante, la que él debía inyectarle en cada crisis, ni modo ya vería como conseguirlos.

Era viernes. Su mamá dormía y él no quiso despertarla. Se fue al colegio y debía llegar a su casa a las 3 de la tarde. A la salida, no pasaba ningún autobús, ni uno solo; entonces, sus compañeritos lo llamaron desde la esquina.

-Panduro, vamos al parque, ¿vienes?

Alberto dudoso respondió:

- Mmm…no sé, ya va a venir mi carro.

-Anímate, no seas sonso.

Alberto aceptó acompañarlos, al principio con un remordimiento porque llegaría un poco más tarde a su casa, pero se le olvidó cuando llegaron, ya que ahí se había instalado un circo que realizaba un vistoso desfile, era tan maravilloso que Alberto había quedado simplemente pasmado mientras se llevaba a la boca un poco de algodón dulce que había comprado con el dinero de su pasaje, pero no importaba, él estaba encantado con el juego de luces, colores, las feroces fieras, el inquieto payaso, en fin, todo.

Alberto disfrutó mucho del espectáculo, sin darse cuenta que el espectáculo terminó cerca de las seis. Entonces volvió a su realidad y sin pensarlo dos veces fue corriendo hasta su casa. Al llegar, su preocupación creció cuando vio la puerta abierta; adentro se encontraba la vecina esperándolo.

-¿Qué pasó?- dijo Alberto- ¿Dónde está mi mamá?

- Hijito, tengo algo que decirte- musitó triste la vecina.

- ¡Dígame dónde está mi mamá!

- Hijo, Albertito, tu mamá está con Dios.





QUIERO AMOR

21 05 2008

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Quiero amor, por primera vez en mi vida quiero un amor, quizá (y en buena parte) para hacerme olvidar el vacío que me dejó ese sátrapa y su falta de cariño hacia mí.

Y es que no quiero un amor cualquiera, quiero alguien que me ponga loquita de pies a cabeza, que me corte la respiración y que en un abrazo me haga sentir que el mundo es chiquito para los dos. Pero, sobre todo, quiero a alguien que esté loco por mí, que derrape por mí, porque créeme que si no lo encuentro me mudaré a las montañas a vivir como una anacoreta y es que ya no quiero equivocarme más.

Yo quiero un amor sabrosito y dulzón

Que despierte de una vez este corazón

Que me diga que me quiere

Que se muere si no tiene mi ternura y mi calor

Yo quiero un amor sabrosito y dulzón

Que me quite de una vez mi desilusión

Y al perderme en su mirada

Descubrirme enamorada y rendida a su pasión

Sí, eso mismo es lo que quiero. Hace dos meses, Charly, mi antiguo ex novio, rompió mi corazón cuando me dijo que no me quería, y así, con el mayor desparpajo, reconoció ante mí que aún no había olvidado a su antigua ex novia Cathy y que me dejaba por ella. Deberían permitir que se demandase a los hombres que termina con nosotras y nos lastiman así, deliberadamente y sin previo aviso.

Entonces sentí como si me mataran, como si alguien me lanzara mil dardos a la vez, como si alguien entrase en mi interior y me arrebatara todo lo bueno que llevaba en el alma. Mi corazón no funcionaba más. Seguía latiendo pero estaba muerto. Entonces pensé que ya nada tenía sentido.

Pero eso pasó, tengo 17 años y ya lo olvidé (mentira, lo odio, lo odio, lo odio y cada noche clavo alfileres en su foto). Las lágrimas ya cesaron y me gustaría volver a enamorarme, no por despecho, para nada (mentira, en verdad, ardo en deseos de ligarme a alguien para que él nos vea y decirle: “Checa, ya te olvidé”) si no para compartir con alguien mis sueños y anhelos, pero en especial, para entregarle todo el amor que tengo aquí guardado y que alguna vez (mentira, muchas veces) rechazaron.

O sea…hello? Tengo 17 años, no iba a echar mi vida al caño por ese buey, o sea me explico? Tengo tanto por vivir, tantos por ligarme, quiero decir, tanta amistades por hacer, tantos reventones por disfrutar que obvio no me iba a quedar esperándolo o tu qué crees? Además tengo tantos proyectos en mente que no pueden detenerse por un hombre.

Hace poco terminé la prepa y ahorita estoy estudiando diseño de modas. A poco no suena super nice? Yo, Erica Encarnación, diseñadora de modas. De hecho, ya desde antes colaboraba en algunos desfilitos y me hago mi propia ropa. Mi sueño es obtener una beca e irme a estudiar a París, para lo cual vengo estudiando francés…”Comment Ça va? Comment t’appelles? Je t’aime”…Bueno, de hecho llevo estudiando como dos semanas, pero voy por un buen camino verdad?

Respecto a mí qué les podría decir? Tengo el pelo chino (aunque hace tres semanas me hice el laciado japonés y no saben, está divino) cabello rojizo, ojos verdes, blanca y con pecas. Mido 1.55, petite et grosse, sí, algo cachetoncita, pero prometo bajar este verano, ya lo prometí. Ah! Y se me olvidaba, vivo en Puebla.

¿Qué cómo decidí que “quiero un amor” y que sí, necesito un hombre? Pues fácil, es que no tengo otra opción. Esta última semana, renové Myspace, me inscribí en una docena de páginas web y así, me cité con cuatro chavos a los que conocí por Internet, todos unos supertetos. Que si uno se la pasaba presumiendo que se iría a Australia a competir en un campeonato de tablas, que si el otro “dandy” de cuarta debía irse a las 8 pues tenía otra cita con otra chava del Chat, que si el otro no hablaba nada y el último, pues sí estaba medio guapo, pero esperaba encontrarse con una top model y yo, como que no encajé en sus gustos.

Qué flojera me dieron todos la verdad. Esto de salir en plan de ligue no es nada fácil. Lo peor es que el tiempo sigue transcurriendo y yo sigo sin estrenar novio nuevo. ¿Cuál será la táctica infalible para llegar al corazón de un hombre? Esa es mi pregunta.





LA VIDA ES UNA CANCIÓN

20 05 2008

 

 

Este es el nombre de un serial que se transmite por Tv Azteca pero ¿a quién le importa? No es de eso de lo que quiero escribir, sino de la notoriedad de esta frase.

 

“La vida es una canción” puede sonar muy estúpido, pero es que la vida es como cada quien la ve y puede tomar innumerables formas: la vida es un ratico, la vida es una tómbola, la vida es un carnaval o simplemente, la vida es una mierda.

 

La vida es una canción, lo digo yo, que soy casi, casi una melómana y adicta a la música o es que acaso nunca ha habido una canción que identifique, cual recuerdo de fotografía, ese momento de nuestras vidas? Claro que sí. Por ejemplo “La Fuerza del Corazón” marcó perfecto mi primer amor colegial o La Macarena, que fue lo que sonaba con fuerza en mi primer baile a los 12 años.

 

 

Las canciones llenan nuestras vidas, evocan momentos. Cada amor tiene una canción, ¿a poco no? Si yo recuerdo a mis ex es por las canciones: a Joselito “Historia entre tus dedos”, a Alberto “Yo quería”, a Frank “Tabaco y Channel”, a Ricardo “Mientes tan bien”, a Charlie “Locura automática” y a Pepe “Me enamoré de ti y qué”.

 

 

Pero si pienso en una canción que toca las fibras más sensibles de mi corazón hasta hacerme llorar, esa es “Sola otra vez” (All by myself) de Celine Dion. “Quise volar y conocí la soledad, jugué al amor sin entregar, sin esperar (…)Sola otra vez, no sé vivir, sola otra vez, sin amor” …qué potencia, qué voz…en fin, qué temón. Cuántas mujeres (si no es que todas en algún momento de nuestras vidas), nos hemos identificado con esa letra, sobre todo después de haber besado tantos sapos para al final, darnos cuenta que ese príncipe azul que nos contaban de niñas nuestras mamás, simplemente no existe, y que no nos queda otro remedio que estar solas otra vez.

 

Pero dejemos el drama y que venga la alegría porque ¿qué mejor para levantar nuestro alicaído ánimo que una canción super prendida? ¿Qué importa que la música sea estridente o que la letra sea un fraude? Al fin y al cabo, todos llevamos un naco dentro y quién no ha gozado en una noche de farra con el za, za, za, yakuza, yakuza de “Mesa que más aplauda” o “La Arañita” de Laura León o “La Llorona” de Bárbara, “El Meneíto” (ahí, ahí) de Natusha o el “viejito pero caliente” “Pollito con papas” (si tú quieres, si tú quieres papas, muchas papas).

 

Particularmente, mi canción, aquella que aún en la peor de mis depresiones me arrancaría una sonrisa es…adivinen cuál? Les dice algo…watanegui cónsul, yupi pa’ ti, yupi pa’  mí? Por supuesto, sino es otra que “Sopa de Caracol”, aquella que con su pegajosa melodía hizo mover las caderas y gastar varias gotas de sudor a  miles de jóvenes y no tan jóvenes allá  a principios de los noventa, época en que también se pusieron de moda temas como el Me, me, mete y saca, sa, sa, saca y mete y otras atrocidades (divertidas al fin y al cabo).

 

Y canciones hay para todos los gustos, sino que lo diga mi amigo Raúl, quien amante de toda clase de música como yo, tiene como su canción predilecta de todos los tiempos “La más bella herejía” de Braulio…¿What? ¿No la conocen? Pues yo tampoco, pero es el tema de la telenovela Leonela en 1984. Seguro no la recuerdan, pero eso demuestra que ninguna canción es intrascendente, pues por más absurdas o trágicas que sean, siempre, pero siempre, dejan huella.

 

 

Yo no soy una melómana pues me falta muchísmo por conocer en el ámbito universal pero sí amo escuchar una canción, descifrar cada frase, cada acorde, y sentirla mía, pues todas ellas revelan en mayor o menor escala aquello que nosotros llevamos dentro…y tú, ¿cuál es la canción que marcó tu vida?

 





INFIERNO SOBRE RUEDAS

20 05 2008

 Hey tú, sí, tú, piensa un minuto, ¿cuál es una de las escenas más catastróficas que se viven a diario a diario en tu caótica ciudad? ¿Cuál de esas situaciones cotidianas te parecen más denigrantes para el ciudadano común y corriente? ¿Son muchas verdad? Violaciones, crímenes, suicidios, robos. Pues yo te diré una: viajar en un autobús repleto de cabo a rabo.

 

 

Soy una obsesivo-compulsiva, sufro de estos llamados “TOC” por la limpieza, la puntualidad, entre otras cosas, y comprenderán que no es fácil para mí subirme a un autobús lleno. Lo definiría en dos palabras: experiencia traumática.

 

 

Me veo obligada a viajar en este medio de transporte pues como la mayoría de personas en este país, no pertenezco a una clase social acomodada, pero afortunadamente, no vivo en un polo lejano de la ciudad, sino más bien céntrico, lo que hace que mis viajes sean casi siempre breves. Suelo tomar además diversas medidas para evitar ser presa de esta pesadilla: no viajo en horas punta (por lo que escogí un trabajo que sólo es en las mañanas), salgo con la debida antelación, tomo las líneas pequeñas que suelen no ir tan atestadas de usuarios y de encontrarse llenas, no subo.

 

 

Sin embargo, hay ocasiones en que ya sea por el apuro, un compromiso o los constantes “paros de transportistas” o las 200 obras viales que se realizan en simultáneo en esta gris y despreciable ciudad, mi ciudad, en que debo abordar estos pestilentes y destartalados vehículos, puesto que no tengo otra opción.

 

 

Así me pasó el viernes pasado, en que pacté con mi “noviecito querido” (por llamar de alguna forma a mi asunto) que en esta ocasión, pasaría por él a las 6:45 p.m. para ir al cine. Hasta ahí, todo bien, ¿Qué habría de malo en ello? Al fin y al cabo, vivimos cerca, sólo 15 minutos en autobús. ¡Quince minutos! Tiempo que parece relativamente corto, pero que puede ser interminable.

 

 

La hora de la cita me decía que arribar a mi destino no sería nada fácil, pues el transporte público se encuentra repleto, trasladando a centenares de personas que regresan a sus casas luego de sus jornadas laborales. Espero fallidamente media hora. Pasa un carro lleno hasta las escaleras, la gente aplastada contra los vidrios parece pedir auxilio. Evidentemente no subo. Pasan 20 minutos más, el tiempo apremia y debo subir al primer vehículo que pase. Es entonces cuando aparece ahí, a lo lejos, un autobús pequeño y…rebosante de personas. Al menos aún queda sitio en las gradas así que subo presurosa, todo sea en nombre del amor (Aggg!).

 

 

Con todo el asco del mundo, me coloco en una de las gradas y me agarro con todas las fuerzas del pasamanos (detesto hacerlo, siempre que viajo en estos tipos de transporte, prefiero ir sentada para no tocarlo y si lo hago, es con un papel ¿saben los millones de gérmenes que contiene?). El cobrador tiene el “tino” de cerrar la portezuela. De pronto quiero desmayarme. Un olor a fritanga y sudor de axila invade el carro. Todas, absolutamente todas las ventanillas están cerradas. El aroma a fritanga proviene de las tres cajas de pollo a la brasa que lleva una robusta mujer sentada en la tercera fila, mientras que el hedor a axila debe provenir, si mi olfato no me falla…de…mi costado, de un muchachito impresentable vestido como un reggaetonero, con bermuda, casaca y gorra para atrás. Sabe Dios (y sólo Dios), cuánto tiempo lleva sin bañarse. Pero como nuestro señor es misericordioso, bajan tres personas y el muchachito se sienta, así no me ahoga más con su fragancia de cebolla. Me refresco con la brisa de smog que entra por la puerta que ha sido abierta para que los pasajeros desciendan y desalojen tantito el pasadizo, pero otras cinco personas suben, aunque tengan que colgarse de la escalera. Entonces se ubica a mi lateral izquierdo un hombre con un costal de papas que huele igual o peor que el jovenzuelo. El cobrador decide pasar hasta el fondo del carro y lo hace aunque no haya espacio para él, quien, como todos los cobradores de esta aldea, es siempre, el más sucio de todos: maloliente, pelo sucio, casposo, dientes amarillos, cara grasosa, uñas largas y negras, carcosos, pantalón plomo (cuando alguna vez fue azul) y camisa con bordes negros. Pasa por mi lado, me empuja, me estruja y me grita que me haga a un lado. Yo, ni tonta que fuera, le digo que es un imbécil para pretender pasar por un espacio inexistente ya que está atiborrado de muchedumbre. Igual lo hace y con él, la suela de su zapato por mi jean recién estrenado, pero no debe sorprenderme, ya previamente me pisaron y ensuciaron mi hasta poco limpia vestimenta.

 

 

No hay a quién pedirle ayuda, todos se miran con indiferencia, como si estuvieran acostumbraos a ese viene y va todos los días. Lo peor es que el autobús no avanza, el tráfico a esa hora parece volver impenetrables las principales arterias de la ciudad. Los quince minutos parece ser 35, 45 en mi mente. Trato de evadir la realidad con mi MP3 pero el aire cargado de ese carro, donde confluyen decenas de alientos y sudores de todos los pasajeros no me dejan huir de este infierno. Mi hora de bajar de tanta inmundicia se acerca, ahora viene el último y más difícil reto: llegar a la puerta.

 

 

Pese a que me encuentro cerca de ella (a sólo un metro), el camino se hace interminable: debo atravesar un costal de papas, un cajón con gallinas que no dejan de cacarear, una obesa mujer con un trasero descomunal, un niño de tres años que le pide a su madre que le dé de amamantar, una niña odiosa que pretende arrancar el llavero de peluche de mi mochila y otras cuatro personas que acaban de subir con desesperación hacia el auto para apoderarse de un cuarto de grada que queda libre, mientras el chofer, un tipo gordo y desmuelado brama: “Al fondo hay sitio”.

 

 

Pero al fin, lo logro, el paradero está ya cerca, salto encima del niño, doy una palmada en el trasero sin querer a la mujer obesa y el cobrador parece oír mi grito desgarrador de “Bajo”.

 

 

Me he despeinado, mi pantalón tiene huellas de zapatos, mi pasador parace haberse roto, perdí mi llavero de peluche, pero sí, estoy fuera, yeeeehh!! Sana y salva, otra vez, respiro aire de verdad, aire contaminado, mas aire finalmente. Ahora a buscar a mi ¿amado? Bueno, a “él”. No está dónde acordamos, no conozco su casa y su celular está apagado. ¿Estará más allá? Tampoco. Decido esperar. Diez, quince, veinte minutos y nada. No sé si se los comenté pero también soy obsesiva con la puntualidad. No hay nada peor para mí que jugar con el tiempo de las personas y hacerlas esperar en vano. Podría pensar que algo le pasó, pero no, no creo tener tanta suerte, además, ya estoy acostumbrada a su maldita impuntualidad, sólo que esta vez no estoy dispuesta a esperar más. Es decir, estoy a dos cuadras de su casa carajo! ¿Qué tanto se podría demorar? Cruzo la calle y tomo el autobús de regreso a mi casa.

 





EL TRABAJO DIGNIFICA

16 05 2008

“El trabajo dignifica”…¿pero quién habrá sido el gaznápiro que inventó semejante refrán? El trabajo no dignifica, más bien, te vuelve un sometido, un agachado y un infeliz sin ilusiones.

 

Qué vivan aquellos que no tienen que trabajar, aquellos que tienen quien los mantenga, que viven de sus rentas o del arte y que andan por ahí errantes en la vida, sin rumbo ni destino fijo.

 

Yo también hubiera querido ser así, pero no pude. Soy una asalariada más que tiene que trabajar para subsistir y que debe cumplir con un horario, con una labor, con un tráfico terrible durante las horas punta (no tengo carro obvio), un uniforme apretadito (aggggg!), un jefe renegón, compañeros chismosos y todo esto, con una sonrisa fingida de comercial de pasta dental.

 

Trabajo como cajera en un banco del Estado, así que debo lidiar a diario con cientos de viejitos que vienen a cobrar su pensión: algunos son adorables y trato de ayudarlos en cuanto pueda pero otros…aich…simplemente me crispan los nervios!!!!!!!!!!!! 

 

“¿Señorita me puede dar mi pensión en moneditas de un sol para mi taxi? ¿Señorita, puedo cobrar sin mi DNI? ¿Cómo que no? De veritas que soy yo…¿Qué, está dudando de mí? Se está burlando de mis canas, me voy a quejar con su jefe…”, entre otras cosas. Debo conseguir otro trabajo, de lo contrario, terminaré por convertirme en una coetánea de los seniles clientes del banco.

 

Yo hubiera querido hacer otra cosa, por supuesto, siempre he sido de esas personas que tienen que lucharla para conseguir algo modesto y nunca tuve suerte en encontrar un super trabajo. De nada sirvieron 5 años de estudios. Había concluido la universidad y la ayuda económica de mis padres se terminó. Toqué tantas puertas esperando que pronto llegaría el día de mi suerte. Así, pasaron ocho meses y presionada por mi entorno, conseguí esto. Claro que hubiera querido ejercer mi carrera, la arqueología, viajar por todo el Perú dirigiendo notables expediciones, incluso, hace poco, postulé a un puesto en una revista del sector y qué obtuve? Nada, sólo comprobar que en este país, después de las relaciones, “la belleza abre puertas” y yo, lamentablemente, no poseo ese don.

 

Resulta que apliqué a una vacante como arqueóloga, en una revista pequeña, la paga no era mucha, pero me ofrecían hacer lo que me gustaba y viajar constantemente. Tuve una entrevista exitosa y estaba ansiosa de que me llamaran, pero no lo logré. Pensé, inocentemente, que seguro habría quedado alguien más capaz y de amplia trayectoria (eso hubiera sido lo justo), pero grande fue mi sorpresa cuando averigüé que su flamante contratación era una chiquilla, estudiante aún, con un cerebro del tamaño de una pasa, pero eso sí, rica y potable, como yo nunca lo seré, y no es que la envidie por ser bonita, pues soy una admiradora de la belleza (aunque reconozco que cuando veo a una chica de buen cuerpo por genética, digo: “Maldita, por qué habrás nacido así y yo debo aumentar dos centímetros de cintura por cada cuarto de pollo a la brasa que me empujo?”), pero no me parece justo que los patrones estéticos prevalezcan en la contratación de una profesional. Entonces, ¿qué debo esperar yo? ¿es que sólo las bellas pueden aspirar a buenos trabajos y mujeres comunes y corrientes como yo debemos conformarnos con la mediocridad sólo por no ser agraciadas?

 

Volviendo a mi actual trabajo en Banco Estatal, además del estrés que me producen los clientes, está mi jefe, un hombre “amarguriento” que nos trata como sus peones según el humor del que amanezca y además están mis dulces compañeros de trabajo, todo un nido de viboritas, pero, ¿quién no tiene a gente como esa en su trabajo? ¿con cuál encajas tú?

 

BIG BOSS: Malhumorado, lisuriento, vulgar, de mal aliento, siempre quiere infundir miedo (cree que así lo respetarán más). Cuando está de buenas es simplemente parco.

 

MARÍA JESÚS: Tiene su propia oficina. Asiste a los clientes. De edad madura. No es de fiar, todo lo que escucha se lo cuenta al “Big Boss”. Son amantes hace cuatro años.

 

SUÁREZ: Mano derecha del jefe. Despectivo, se da ínfulas cuando no le ha ganado a nadie, excepto delante del jefe, a quien le lava el carro los sábados. Mala gracia, aunque una vez, sólo una vez, lo vi sonreírme: durante el brindis por el día del Trabajador.

 

LIZ: Amiga del círculo conformada por los amigos del jefe, por lo que está bien envarada y tiene su puesto bien asegurado, sin embargo, debo recalcar que es una buena empleada, ayuda a los demás y es muy educadita.

 

CARLOS: El que quiere pertenecer al grupo pero no lo dejan. El afanado, el que siempre termina sus informes primero y se mete en el trabajo de los demás.

 

DAYANNE: Una de las orientadoras. Sólo habla con las demás orientadoras, con nadie más, al resto ni nos mira, pero al menos es atenta cuando le pregunto algo.

 

LERNER: El muchachito de limpieza; nos inspira ternura. Vive enamorado de todas pero por su edad y baja estatura, sólo es visto como la mascota.

 

DON CHUCHO: El vigilante. Bueno, amable, pero cuidado: sólo quiere hacernos pisar el palito para que soltemos la lengua y digamos más de la cuenta. Luego corre con el chisme como reguero de pólvora.

 

HANS: Cajero como yo. Habla mucho, es amigo de todos, pero el que menos trabaja. Trató de ligarme hace tiempo pero lo mandé por un tubo.

 

YO: La emo, la rebelde, la apartada, la que habla sólo lo necesario y sólo tiene una amiga, la que no se mete con nadie. La que cumple con su trabajo y se va a su casa. (Y no me da vergüenza reconocerlo, me vale madre lo que digan de mí, yeah!).

 

 

 

 

 

 





PENSIÓN SOTO

14 05 2008

José Soto conoció a Trinidad una tarde cualquiera, después de una larga jornada como vigilante en un canal de televisión.

 

Él iba a merendar al mercado cuando la vio ahí, rozagante y fresca como una flor a pesar de sus más de 30 años, vendiendo papa con huevo, los cuales José se apresuró a comprarle, convirtiéndose en su más fiel cliente.

 

Al poco tiempo, Trinidad correspondió a los nada sutiles enamoramientos del vigilante quien no tardó en proponerle la idea de vivir juntos; ella, convencida del amor de José, aceptó y grande fue su sorpresa al ver la casona de José: ubicada en el jirón Chota, en el centro de Lima, de aspecto colonial y con varias habitaciones, no comprendía cómo este hombre sobrevivía a duras penas como vigilante con un sueldo modesto sin haberle sacado provecho a la herencia de su abuelo.

 

Trinidad, como nueva mujer de la casa, puso manos a la obra e invirtiendo todos sus ahorros, hizo de la casona una pensión, la pensión Soto.

 

Mientras tanto, José se dedicaba a despilfarrar su dinero en la polla y el dominó; solía estar fuera de casa para no escuchar los reclamos de su mujer. Un día salió muy temprano y no regresó, habiéndose llevado los pocos centavos que Trinidad ahorraba en una caja de galletas, con los que pensaba comprar un televisor a colores, de ésos que estaban de moda por aquellos años. Deseaba darle una sorpresa a José para que pudiera ver las carreras de caballo desde su casa, pero la gran sorprendida terminó siendo ella, no podía creer que el amor de su vida la había abandonado sin siquiera decirle algo, sólo le dejó una carta que a la letra decía así: “Trinidad, eres una buena mujer, te agradezco profundamente que saques adelante la pensión, por eso te dejo con ella. Pero yo debo irme, amo mi libertad y aquí me siento hatado (sic) a ti. No me busques porque yo estaré muy lejos, adiós”.

 

Esta carta sumió a Trini en el más profundo dolor, aún recordaba cuando hace menos de un año José la convenció de vivir juntos con palabras de amor, pero esos días se habían ido y no volverían nunca más.

 

Así pasaron veintitrés años y doña Trinidad se había convertido en una señora fría, amargada, que no creía en el amor ni en las personas. Devota del Señor de lo Milagros y de la virgen del puño. Jamás perdonaba morosos en su pensión, pero sí acudía a diario a confesarse en compañía de su empleada Delfina, una coja venida de la sierra.

 

A ellas les acompañaba Brigitte, una coqueta secretaria que cada vez que podía lucía más de lo debido; Don Raúl, “Rulito” para los amigos, un viejo verde que tenía un abdomen delator de su afición por empinar el codo y Rafael, el parco y tímido estudiante de medicina de San Marcos que sólo salía de su cuarto para ir a la biblioteca o a la universidad.

 

Ellos se sometían a las estrictas reglas que imponía Doña Trinidad, tales como recibir desayuno, almuerzo y una taza de emoliente en la noche, diez minutos como máximo para demorarse en el baño, jalar la cadena del inodoro una vez al día (lo que provocaba diversos olores), el televisor sólo se prendía de 7 a 8 de la noche para ver el noticiero del canal estatal, entre otras inusitadas medidas para preservar “el buen nombre de la Pensión Soto”.

 

Los vecinos los llamaban “valientes”, no solamente por aceptar vivir en esas condiciones (pese al módico precio de las habitaciones), sino por vivir allí pese a las historias que se contaban en torno al “cuarto oscuro”; una habitación al final del pasadizo que permanecía cerrada y noche. Trinidad era la única que tenía la llave, pero la guardaba celosamente en un lugar seguro: entre sus voluminosos pechos, pues pendía de una cadena que siempre llevaba puesta.

 

Delfina, quien por demás parecía una mujer insignificante e ignorante, observaba al milímetro a Doña Trinidad y su extraña actitud, sabía que algo ocultaba y estaba dispuesta a descubrir el secreto de su patrona, por ello, todas las noches fingía dormir para vigilar a Trinidad, que a medianoche ingresaba al cuarto oscuro y permanecía en él horas de horas, aunque lo más raro eran los quejidos y hasta gritos que provenían del cuarto.

 

Delfina, tan devota como era, estaba segura de que no eran almas en pena, sino más bien algo de los vivos, así que ideó un plan para entrar al cuarto oscuro: primero fue a la botica a comprar pastillas para el insomnio. Cada noche, a las nueve en punto, Trinidad tomaba un mate de hierbas aromáticas preparado por Delfina; a los quince minutos, Trinidad ya dormía plácidamente, producto del somnífero, así que era la oportunidad de quitarle las llaves, pero Delfina prefirió esperar hasta las 10 que terminaba su telenovela favorita para poner en marcha su arriesgado plan.

 

A las diez de la noche cogió las siete llaves que tenía Doña Trinidad y cuando ya todos estaban descansando, se apresuró a probar cuál de ellas abriría el más grande secreto de su patrona.

 

Intentó con cada llave una y otra vez sin éxito hasta que…sí, al fin! Encontró la llave correcta. Abrió lentamente el candado, luego la puerta y un olor a excremento la invadió; junto a su lamparita de kerosene trataba de ver lo que había; de pronto dio media vuelta y se topó con un horrible espectáculo: un hombre encadenado a una cama, vestido con harapos, lleno de cortes y heridas empezó a sollozar pidiéndole ayuda. No era otro que José, el marido de Trinidad, quien había sido encontrado por ella tres años atrás en una cantina y a empellones lo había traído de vuelta a la pensión, donde Trinidad lo tenía secuestrado para hacerle pagar caro su abandono.

 

La pobre Delfina no sabía qué hacer, entonces pensó en llamar a una ambulancia, se dispuso a salir del cuarto, cuando el miedo se apoderó de ella al ver a Trinidad parada junto a la puerta impávida, mirándola fijamente con un cuchillo en la mano.

 

Delfina trató de huir, pero fue imposible. Trinidad la dejó irse del cuarto porque tenía todo preparado: ninguna de las puertas abrían, todas estaban cerradas con los duplicados y un fuerte olor a kerosene se apoderaba de la casa. Trinidad esbozó una sonrisa al ver a Delfina tratando de escapar, soltó el cuchillo y dejó caer un fósforo que poco a poco consumió por completo la pensión. Pese a los gritos de los inquilinos tratando de pedir auxilio pues se encontraban encerrados cada uno en su cuarto, nadie se salvó.

 

Nunca se llegó a saber el paradero de Doña Trinidad Soto, nadie puedo encontrarla a pesar de los testigos que hasta hoy aseguran verla recorriendo los más concurridos mercados de nuestra capital, vendiendo papa con huevo y aún con la esperanza de recobrar su vieja pensión, que tantos recuerdos guardó.

 

 

 

 

 

 

 

 





EL RUISEÑOR QUE SE MURIÓ DE AMOR

13 05 2008

EN CARNE VIVA

Querida amiga, sabes que soy de pocas palabras y odio expresar lo que siento. Esta vez, no te escribiré: “Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca…”. Aunque lo sé de memoria desde que lo recité en aquella desastrosa actuación de colegio cuando cursábamos cuarto grado, debo reconocer que siempre me pareció cursi y absurda.


Esta vez, mi estimada Diana, sólo quiero decirte lo mucho que te quiero y te respeto, no en vano somos amigas desde que ambas llegamos llorando como Magdalenas a ese caserón gris y frío llamado colegio cuando teníamos seis años. ¡Cuántas experiencias vivimos desde entonces! Claro, hasta que tus padres decidieron llevarte a Montreal para que concluyeras tus estudios de biología marina. A partir de entonces, nuestras llamadas y conversaciones se hicieron cada vez menos frecuentes, por lo que me sorprendió recibir un e-mail tuyo, no una cadena, sino un correo escrito por ti misma en que te mostrabas deprimida y sin ganas de vivir. Estaba desconcertada pues, a decir verdad, siempre te envidié un poquito por ser tan bonita y sobre todo, con esa personalidad alegre que cautivaba a todos, pero ya ves, nunca sabemos la cruz que llevan consigo todas las personas


En tu carta, con fecha de hace tres semanas (lo siento, pero no soy una adicta a estas cosas del ciberespacio) decía así:


“Mi pequeña Giannina, cómo estás, sé que hace mucho, mucho que no me reporto, y no sabes cuánto lo siento, pero hoy más que nunca necesito de tus consejos. ¿Recuerdas cuándo nos escapábamos de la universidad e íbamos a ese karaoke del centro de la ciudad y morías de risa cuando cantaba ‘En Carne Viva ’? ‘Haz amiga el favor de no hablarme de él aún, ni siquiera pronuncies su nombre, que aún mi alma está hecha jirones, que tengo el corazón en carne viva, que yo no sé olvidar como él olvida’, pues es irónico, lo sé, pero así precisamente es como me siento en estos momentos…


Recuerdas que te hablé de Blas, el cubano con el que salía? Pues bien, volví con él, sé que puede parecer gracioso que cada semana terminemos y volvamos, pero para mí no lo es; no puedo seguir así, en esta inestabilidad emocional. Si me vieras, no me reconocerías: cada día estoy más pálida y demacrada, llego a trabajar sin maquillarme y con los ojos hinchados, en fin, no creas que no estoy harta de esta situación, pero es que yo ya no soy yo, no soy dueña de mí misma. Sé que debería terminar con él y no verlo nunca más, pero lo que siento por él me domina, me doblega. Cada semana es lo mismo: discutimos, me convenzo de que no me quiere, que nunca me quiso, mi ánimo se va hasta los suelos y juro alejarme, entonces él empieza a llamarme día y noche, me dice que me quiere, que me extraña, que me necesita y yo no puedo serle indiferente, por lo que al cabo de unos días de hacerme la dura, nos reconciliamos y me siento la mujer más feliz de este mundo, siento que camino sobre nubes de algodón y quiero quedarme a su lado el resto de mi vida, pero esa felicidad no dura mucho, pues a las 24 horas vuelve a ser el de siempre: ese que me dice que no está seguro de quererme, ese que piensa que mejor somos amigos, ese que me deja plantada cada vez que un amigo lo llama para salir, ese que se avergüenza de mí en la calle y que jamás me ha dado una muestra de cariño, pero que es tan egoísta que se empeña en mantenerme a su lado a cambio de sus sobras de afecto, sin darme chance de huir y darle otro sentido a mi vida.

No piensa más que en sí mismo y no se da cuenta (o no quiere darse cuenta) de cuánto daño me hace. ¿No ve que yo ya no pienso, ya no tengo voluntad, que aunque sé que debo hacer no puedo actuar con la razón, que si él no me deja, yo tampoco podré hacerlo porque no me hallo sin él? Lo odio por eso, pero más me odio a mí misma, por patética, por débil, por seguir con él a pesar de su desamor, por amarlo sin ningún sentido, porque sé que si lo hubiera dejado desde hace tiempo, hoy no me sentiría tan poquita cosa ni tan miserable. Sabes? no me he atrevido a decirle esto a nadie pero tú sigues siendo la persona en quien más confío y debo confesarte que muchas veces, al llegar a mi casa, luego de discutir con él, no solamente bebo hasta caerme, sino que tomo el cuchillo de cocina y me doy cortes en los brazos por la impotencia que siento. Cuando despierto, veo las cicatrices y me asusto de mí misma, no sé por qué lo hago, por favor ayúdame. Sé que estoy mal, muy mal y creo que si sigo a su lado, acabaré irremediablemente muerta. Diana”.


Al cabo de dos días me mandó otro correo diciéndome que había vuelto con Blas, que estaba segura de que, aunque no se lo demostrara a menudo, él en el fondo la amaba, y que olvidara lo que me había escrito. No sabía si alegrarme o preocuparme aún más por mi ruiseñor (así la llamaba cariñosamente por su afición al karaoke), es decir, era obvio que ella estaba involucrada en una relación destructiva, que lo que sentía no era amor, era obsesión, y tenía que cortar con eso lo antes posible.

Traté de averiguar en Internet sobre la depresión, leí “Mujeres que Aman Demasiado”, no deseaba equivocarme en mi consejo, aunque, a decir verdad, pensé – “¿de qué sirve lo que yo pueda decirle mientras ese tal Blas la siga merodeando y no la deje en paz?”. Tenía que ponerme en contacto con él para pedirle que se aleje de ella, así que le escribí a Diana pidiéndole su teléfono, necesitábamos conversar lo antes posible. Pasaron uno, dos, tres días, una semana y nada. Hurgué en la guía telefónica el número de la casa de sus padres en Lima, llamé, pero nadie contestaba. Entonces decidí ir personalmente a su casa, a aquella casa grande, blanca y de rejas negras, donde tantas veces jugábamos de niñas y donde festejábamos desmesuradamente nuestras primeras borracheras adolescentes “por ellos aunque mal paguen”.

Toqué el intercomunicador y me respondió la empleada, quien me informó que los señores Dasso habían viajado urgentemente a Canadá. Aunque en principio, no quiso revelarlo, terminó diciéndome la razón de tan repentino viaje: traer a Lima las cenizas de Diana, mi ruiseñor. Había muerto.

Fue luego de una nueva discusión con Blas, se cortó las venas en la bañera de su departamento. No podía creerlo! La amiga con la que había compartido desde niña, ya no estaría más, ya no volvería a ver sus ojos azul malva ni habrían más tardes de karaoke junto a ella. Lamenté tanto los últimos años que habíamos pasado casi sin hablarnos, lamenté que hubiera muerto en Canadá, lejos de la gente que la quería, lamenté no haberle respondido a tiempo por esa maldita costumbre que tengo de no abrir nunca mi correo.

¡Qué tonta fuiste Diana! No comparto tu decisión, pero tampoco te culpo. Siempre fuiste tan frágil, desde niña…llorabas cuando una abeja te picaba, llorabas cuando te caías, y entonces yo mojaba con agua el puño de mi chompa de colegio para sobarte y así se te pasaba el dolor. Si me hubieras esperado, tan sólo un poquito, me hubiera ido hasta Montreal para sobar tus heridas con el puño de mi ya apolillada chompa escolar.


Fue Blas quien llamó a sus padres para que vinieran a recoger el cuerpo. Fue él mismo quien la encontró. Estaba desconsolado, como todos. El día del funeral pude ver cómo abrazaba a la mamá de Diana y en su hombro lloraba como un niño diciendo: “Pero yo la quería, la quería de verdad”, como si tratara de convencerla ahora, que está muerta y ya no puede escucharlo (porque eso de la vida después de la muerte me parece una pendejada de los curas). No puedo evitar mirarlo con recelo.

“Cabrón, si tanto la querías, por qué nunca se lo dijiste, por qué esperaste hasta ahora, por qué nunca se lo gritaste cuando ella te lloraba que la dejaras si no sentías nada por ella, pero claro, preferiste jugar a que un día te quiero y al otro te mando a la mierda, hijo de puta”. Se lo diría en la cara, pero sé que a mi Lady Di (siempre defensora de los buenos modales), no le hubiera gustado que haga una escena el día de su último adiós.

Dicen que nadie se muere de amor, pero yo les puedo decir que eso no es verdad, porque yo misma lo he visto. El amor mata. Amar sin ser correspondido te consume de a pocos: primero carcome tu alma, tu fe, tus sueños, hasta llevarte por completo, así como lo hizo con mi Diana, el ruiseñor que se murió de amor.






Aquí no hay poesía II: la falta de talento continúa

13 05 2008

NADA

A la luz de la luna empecé a pensar en ti

Una vez más en soledad

Esto ya me está haciendo mal

Me está haciendo mal

Porque no puedo amar

A pesar que no te veo

Y no sé qué es de ti

Guardo aún tenues recuerdos

Ahora pienso

Que si no puedo estar contigo

No puedo estar con nadie

De nada me sirve

Todo termina volviendo a ti

Entonces no me queda

Más que esperar

A que el destino haga otra de sus jugadas

O seguir acá

Esperando por nada

 

AHORA

Presiento que pasó

Tal vez ya me olvidaste

Si me quisiste alguna vez

Eso no importa ahora

Y no te culpo sabes?

Si tú supieras cuánto te quiero

Cuánto te quise

Que yo jamás te olvidaré

Eso no importa ahora

Es tarde

No podrías haberlo imaginado

Los hombres parecen estar ciegos

Porque no saben ver el corazón

Reconozco que no te demostré mis sentimientos

Son más las cosas malas que hice

A lo mejor te herí

Me dejé llevar por impulsos

Las palabras me salían mal

Y ahora, ahora…

 

¿CÓMO?

Hey tú

Cómo llegaste a mí

Es lo que quisiera saber

Y sobre todo

Cómo te quedaste aquí

Nadie lo creería

Ninguno ha notado

Cómo has calado hondo

En mi pobre corazón

Tú no eres un virtuoso

No eres talentoso

Mucho menos empeñoso

Pero cómo me enamoraste

Es aún misterioso

 

GRIS

Todo a mi alrededor se ve tan triste

Todo es tan amargo

Porque tú no estás

Y de seguro ya nunca estarás

No es que yo lo busque

Tal vez sea que ya no hago nada

El mundo sigue, va y viene

Todo pasa frente a mis ojos

Aunque trate

Cuánto duele disfrutar

Para qué

Si no vas a volver





Aquí no hay poesía (para nada)

13 05 2008

NO QUIERO

 

 

No quería aceptarlo

Insistí en negarlo

Pero la verdad ya no puedo más

De seguro tú sabrás qué hiciste en mí

Dime cuál es el remedio

Porque ya no quiero estar así

Alguien dijo

Es amor lo que te aqueja

Eso es imposible de creer

Yo sin ti puedo vivir

Es sólo que no quiero intentarlo

 

 

Y MÁS

 

Tonta, bruta, lerda, torpe

Insana, desquiciada, loca, zotaca y más

Todo esto soy

Si no te olvido

Necia, terca, obstinada y más

Tengo que ser

Para aún creer

Que tu amor me podía pertenecer

Después de tanto tiempo

Una verdadera eternidad

No importa

Por un beso tuyo

Dos o tres eternidades más

Ya dan igual

Enamorada, obsesionada, ilusionada

Es lo que estoy y más

Por ti

 

 

CUPIDO FUE!

 

Si lo de Cupido es mentira

Entonces no me lo explico

Porque eso sí estoy segura

De que me flechó, me flechó

Cuando lo conocí, no me impresionó

Su manera de ser no llamó mi atención

No fue a primera vista

Ni por admiración

Entonces cómo diablos ocurrió

Tal vez cuando andaba por la calle

O en la clase de Lenguaje

Lo quise como amigo, lo juro

Lo otro no sé cómo se dio

Mucho, mucho después lo noté

Sin saber qué rayos hacer

 

 

COMO ERES

 

Tus labios delgados

Son muy delgados

Tu nariz recta y estrecha

Prefiero la de los griegos

Tu cabello lacio y castaño

Te lo rapaste todo

Tus manos largas y huesudas

No lo creo

Tus ojos felinamente verdes

Eso deben decirte todas

Tu extrovertida y carismática personalidad

Tendría que pensarlo

Yo sólo sé decir que te quiero

No puedo precisar

Aunque supiera la forma

De cómo, cuándo, por qué

Te adueñaste tan suavemente de mí

 





CUANDO EL AMOR TERMINA

10 05 2008

¿Qué hacer cuando el amor se acaba? Es lo que ella se pregunta frente al espejo. Ya no quedan más lágrimas por derramar ni más voz para gritar y maldecir a “ése” que le hizo tanto daño.


“Todo se acabó”, dice ella, “esta vez es definitivo”, se repite una y otra vez hasta convencerse de que ya no habrá vuelta de hoja, que finalmente el dolor y la amargura terminaron por carcomer ese sentimiento que ella pensó se llamaba amor.


Pero ¿cuál fue la razón que motivó el quiebre de esta relación? Pues muy fácil: la rutina, el aburrimiento y el hartazgo.


Bien dicen que el amor es eterno mientras dura. Hace seis meses todo era felicidad y hoy sólo quedan los escombros de esa dicha.


Es doloroso terminar una relación cuando esa persona es lo que más queremos en la vida, pero como dice la 5ta Estación: “No me dejaste otra opción que arrancarme la piel y aguantar el dolor (y no escuchar el corazón)”.

Afortunadamente, no existen fotos de ambos, ni recuerdos ni cartas que quemar. A él nunca le gustaron esas cosas.


Tal vez el error de ellos fue el empezar a convivir. Luego de tres meses de intenso romance, ella no resistió las ganas y se mudó al departamento de él. Al principio, todo era especial: cenas románticas a la luz de las velas y buen sexo a diario, pero al cabo de seis meses, esa magia se había esfumado y aquellos detalles ya no eran más que el día a día.


La culpa fue de ambos, pero más lo fue de él, piensa ella. Fuera de ser desordenado o impuntual o poco hacendoso para las tareas de la casa, fue su falta de cariño lo que creó esa barrera entre los dos. Ella lo amó mucho, pero ese amor no alcanzó para los dos y finalmente, se terminó muriendo por inanición.


¿Y qué más podía hacer ella? No podía obligarlo a que la quisiera como ella esperaba. “Te quiero”, le decía ella después de hacer el amor, a lo que él le respondía secamente: “Ajá”, para luego echarse a dormir. Jamás le dijo gracias cuando ella esperaba que regresara del trabajo con una suculenta lasaña, su plato preferido. Jamás fueron de viaje un fin de semana, pese a que ella lo planeó tantas veces. “Estoy cansado”, era la eterna respuesta de él cada vez que ella le proponía ir al campo (sin saber que ella ya tenía las reservaciones hechas) y lo peor: nunca la presentó con sus amigos ni con su familia, de hecho, nadie sabía de su existencia, pues él consideraba que “aún no era el momento”.


Aunque ella se quedaba callada, todos esos desplantes fueron como espinitas que se fueron clavando en su corazón, hasta que un día el corazón se le murió de tanto desangrar. Entonces no hubo más reproches, ni más llantos, ni más discusiones de sábado por la noche. “¿Para qué? No tenía caso”, comprendió ella. Y así, sin despedidas, hizo sus maletas y le dejó una nota en la refrigeradora: “Me regreso a vivir con mis padres. No me busques. Estaré bien. Te dejé comida en el horno. Suerte.”


Mientras ella se va con el corazón desecho y la frente en alto, orgullosa de saber que hizo lo correcto, consciente de que vendrá una etapa de duelo, pero que, al final de todo, estará bien, él lee la nota del refrigerador una y otra vez, como si intentara encontrar algo, un te quiero tal vez. Come un plato frío de spaghettis, los últimos que ella le preparará. Aunque está solo y nadie lo ve, hace un esfuerzo para no llorar, siente un nudo en la garganta, pero no va a llorar. Quizá ella nunca lo sepa, pero él, a su modo, también la amó, muy dentro de él, amaba sus cabellos, sus pecas y sus caricias, pero nunca podrá ser mejor de lo que es. Ni siquiera piensa hacer algo. No la buscará. No le dirá que la quiere, no le pedirá perdón y es que nadie le enseñó a decir esas cosas. Su naturaleza taciturna y sombría se lo impiden. La necesita cerca, pero no puede hacer nada para que regrese. Ama su soledad y no está dispuesto a cambiarla por ella.


“Antes pensaba que mientras hubiera amor, todo tenía solución, pero ya veo que no es así. Él nunca me amó, no me dejó ir por costumbre, por cariño, pero nunca me amó o quizá simplemente, no éramos el uno para el otro”, se dice ella a sí misma antes de lavarse la cara para maquillarse. Esta noche tiene una cita.


cuando todo termina