EL RUISEÑOR QUE SE MURIÓ DE AMOR
Querida amiga, sabes que soy de pocas palabras y odio expresar lo que siento. Esta vez, no te escribiré: “Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca…”. Aunque lo sé de memoria desde que lo recité en aquella desastrosa actuación de colegio cuando cursábamos cuarto grado, debo reconocer que siempre me pareció cursi y absurda.
Esta vez, mi estimada Diana, sólo quiero decirte lo mucho que te quiero y te respeto, no en vano somos amigas desde que ambas llegamos llorando como Magdalenas a ese caserón gris y frío llamado colegio cuando teníamos seis años. ¡Cuántas experiencias vivimos desde entonces! Claro, hasta que tus padres decidieron llevarte a Montreal para que concluyeras tus estudios de biología marina. A partir de entonces, nuestras llamadas y conversaciones se hicieron cada vez menos frecuentes, por lo que me sorprendió recibir un e-mail tuyo, no una cadena, sino un correo escrito por ti misma en que te mostrabas deprimida y sin ganas de vivir. Estaba desconcertada pues, a decir verdad, siempre te envidié un poquito por ser tan bonita y sobre todo, con esa personalidad alegre que cautivaba a todos, pero ya ves, nunca sabemos la cruz que llevan consigo todas las personas
En tu carta, con fecha de hace tres semanas (lo siento, pero no soy una adicta a estas cosas del ciberespacio) decía así:
“Mi pequeña Giannina, cómo estás, sé que hace mucho, mucho que no me reporto, y no sabes cuánto lo siento, pero hoy más que nunca necesito de tus consejos. ¿Recuerdas cuándo nos escapábamos de la universidad e íbamos a ese karaoke del centro de la ciudad y morías de risa cuando cantaba ‘En Carne Viva ’? ‘Haz amiga el favor de no hablarme de él aún, ni siquiera pronuncies su nombre, que aún mi alma está hecha jirones, que tengo el corazón en carne viva, que yo no sé olvidar como él olvida’, pues es irónico, lo sé, pero así precisamente es como me siento en estos momentos…
Recuerdas que te hablé de Blas, el cubano con el que salía? Pues bien, volví con él, sé que puede parecer gracioso que cada semana terminemos y volvamos, pero para mí no lo es; no puedo seguir así, en esta inestabilidad emocional. Si me vieras, no me reconocerías: cada día estoy más pálida y demacrada, llego a trabajar sin maquillarme y con los ojos hinchados, en fin, no creas que no estoy harta de esta situación, pero es que yo ya no soy yo, no soy dueña de mí misma. Sé que debería terminar con él y no verlo nunca más, pero lo que siento por él me domina, me doblega. Cada semana es lo mismo: discutimos, me convenzo de que no me quiere, que nunca me quiso, mi ánimo se va hasta los suelos y juro alejarme, entonces él empieza a llamarme día y noche, me dice que me quiere, que me extraña, que me necesita y yo no puedo serle indiferente, por lo que al cabo de unos días de hacerme la dura, nos reconciliamos y me siento la mujer más feliz de este mundo, siento que camino sobre nubes de algodón y quiero quedarme a su lado el resto de mi vida, pero esa felicidad no dura mucho, pues a las 24 horas vuelve a ser el de siempre: ese que me dice que no está seguro de quererme, ese que piensa que mejor somos amigos, ese que me deja plantada cada vez que un amigo lo llama para salir, ese que se avergüenza de mí en la calle y que jamás me ha dado una muestra de cariño, pero que es tan egoísta que se empeña en mantenerme a su lado a cambio de sus sobras de afecto, sin darme chance de huir y darle otro sentido a mi vida.
No piensa más que en sí mismo y no se da cuenta (o no quiere darse cuenta) de cuánto daño me hace. ¿No ve que yo ya no pienso, ya no tengo voluntad, que aunque sé que debo hacer no puedo actuar con la razón, que si él no me deja, yo tampoco podré hacerlo porque no me hallo sin él? Lo odio por eso, pero más me odio a mí misma, por patética, por débil, por seguir con él a pesar de su desamor, por amarlo sin ningún sentido, porque sé que si lo hubiera dejado desde hace tiempo, hoy no me sentiría tan poquita cosa ni tan miserable. Sabes? no me he atrevido a decirle esto a nadie pero tú sigues siendo la persona en quien más confío y debo confesarte que muchas veces, al llegar a mi casa, luego de discutir con él, no solamente bebo hasta caerme, sino que tomo el cuchillo de cocina y me doy cortes en los brazos por la impotencia que siento. Cuando despierto, veo las cicatrices y me asusto de mí misma, no sé por qué lo hago, por favor ayúdame. Sé que estoy mal, muy mal y creo que si sigo a su lado, acabaré irremediablemente muerta. Diana”.
Al cabo de dos días me mandó otro correo diciéndome que había vuelto con Blas, que estaba segura de que, aunque no se lo demostrara a menudo, él en el fondo la amaba, y que olvidara lo que me había escrito. No sabía si alegrarme o preocuparme aún más por mi ruiseñor (así la llamaba cariñosamente por su afición al karaoke), es decir, era obvio que ella estaba involucrada en una relación destructiva, que lo que sentía no era amor, era obsesión, y tenía que cortar con eso lo antes posible.
Traté de averiguar en Internet sobre la depresión, leí “Mujeres que Aman Demasiado”, no deseaba equivocarme en mi consejo, aunque, a decir verdad, pensé – “¿de qué sirve lo que yo pueda decirle mientras ese tal Blas la siga merodeando y no la deje en paz?”. Tenía que ponerme en contacto con él para pedirle que se aleje de ella, así que le escribí a Diana pidiéndole su teléfono, necesitábamos conversar lo antes posible. Pasaron uno, dos, tres días, una semana y nada. Hurgué en la guía telefónica el número de la casa de sus padres en Lima, llamé, pero nadie contestaba. Entonces decidí ir personalmente a su casa, a aquella casa grande, blanca y de rejas negras, donde tantas veces jugábamos de niñas y donde festejábamos desmesuradamente nuestras primeras borracheras adolescentes “por ellos aunque mal paguen”.
Toqué el intercomunicador y me respondió la empleada, quien me informó que los señores Dasso habían viajado urgentemente a Canadá. Aunque en principio, no quiso revelarlo, terminó diciéndome la razón de tan repentino viaje: traer a Lima las cenizas de Diana, mi ruiseñor. Había muerto.
Fue luego de una nueva discusión con Blas, se cortó las venas en la bañera de su departamento. No podía creerlo! La amiga con la que había compartido desde niña, ya no estaría más, ya no volvería a ver sus ojos azul malva ni habrían más tardes de karaoke junto a ella. Lamenté tanto los últimos años que habíamos pasado casi sin hablarnos, lamenté que hubiera muerto en Canadá, lejos de la gente que la quería, lamenté no haberle respondido a tiempo por esa maldita costumbre que tengo de no abrir nunca mi correo.
¡Qué tonta fuiste Diana! No comparto tu decisión, pero tampoco te culpo. Siempre fuiste tan frágil, desde niña…llorabas cuando una abeja te picaba, llorabas cuando te caías, y entonces yo mojaba con agua el puño de mi chompa de colegio para sobarte y así se te pasaba el dolor. Si me hubieras esperado, tan sólo un poquito, me hubiera ido hasta Montreal para sobar tus heridas con el puño de mi ya apolillada chompa escolar.
Fue Blas quien llamó a sus padres para que vinieran a recoger el cuerpo. Fue él mismo quien la encontró. Estaba desconsolado, como todos. El día del funeral pude ver cómo abrazaba a la mamá de Diana y en su hombro lloraba como un niño diciendo: “Pero yo la quería, la quería de verdad”, como si tratara de convencerla ahora, que está muerta y ya no puede escucharlo (porque eso de la vida después de la muerte me parece una pendejada de los curas). No puedo evitar mirarlo con recelo.
“Cabrón, si tanto la querías, por qué nunca se lo dijiste, por qué esperaste hasta ahora, por qué nunca se lo gritaste cuando ella te lloraba que la dejaras si no sentías nada por ella, pero claro, preferiste jugar a que un día te quiero y al otro te mando a la mierda, hijo de puta”. Se lo diría en la cara, pero sé que a mi Lady Di (siempre defensora de los buenos modales), no le hubiera gustado que haga una escena el día de su último adiós.
Dicen que nadie se muere de amor, pero yo les puedo decir que eso no es verdad, porque yo misma lo he visto. El amor mata. Amar sin ser correspondido te consume de a pocos: primero carcome tu alma, tu fe, tus sueños, hasta llevarte por completo, así como lo hizo con mi Diana, el ruiseñor que se murió de amor.