PENSIÓN SOTO

Mayo 14, 2008 at 5:09 pm (General, carta, crimen, cuento, incendio, infidelidad)

José Soto conoció a Trinidad una tarde cualquiera, después de una larga jornada como vigilante en un canal de televisión.

 

Él iba a merendar al mercado cuando la vio ahí, rozagante y fresca como una flor a pesar de sus más de 30 años, vendiendo papa con huevo, los cuales José se apresuró a comprarle, convirtiéndose en su más fiel cliente.

 

Al poco tiempo, Trinidad correspondió a los nada sutiles enamoramientos del vigilante quien no tardó en proponerle la idea de vivir juntos; ella, convencida del amor de José, aceptó y grande fue su sorpresa al ver la casona de José: ubicada en el jirón Chota, en el centro de Lima, de aspecto colonial y con varias habitaciones, no comprendía cómo este hombre sobrevivía a duras penas como vigilante con un sueldo modesto sin haberle sacado provecho a la herencia de su abuelo.

 

Trinidad, como nueva mujer de la casa, puso manos a la obra e invirtiendo todos sus ahorros, hizo de la casona una pensión, la pensión Soto.

 

Mientras tanto, José se dedicaba a despilfarrar su dinero en la polla y el dominó; solía estar fuera de casa para no escuchar los reclamos de su mujer. Un día salió muy temprano y no regresó, habiéndose llevado los pocos centavos que Trinidad ahorraba en una caja de galletas, con los que pensaba comprar un televisor a colores, de ésos que estaban de moda por aquellos años. Deseaba darle una sorpresa a José para que pudiera ver las carreras de caballo desde su casa, pero la gran sorprendida terminó siendo ella, no podía creer que el amor de su vida la había abandonado sin siquiera decirle algo, sólo le dejó una carta que a la letra decía así: “Trinidad, eres una buena mujer, te agradezco profundamente que saques adelante la pensión, por eso te dejo con ella. Pero yo debo irme, amo mi libertad y aquí me siento hatado (sic) a ti. No me busques porque yo estaré muy lejos, adiós”.

 

Esta carta sumió a Trini en el más profundo dolor, aún recordaba cuando hace menos de un año José la convenció de vivir juntos con palabras de amor, pero esos días se habían ido y no volverían nunca más.

 

Así pasaron veintitrés años y doña Trinidad se había convertido en una señora fría, amargada, que no creía en el amor ni en las personas. Devota del Señor de lo Milagros y de la virgen del puño. Jamás perdonaba morosos en su pensión, pero sí acudía a diario a confesarse en compañía de su empleada Delfina, una coja venida de la sierra.

 

A ellas les acompañaba Brigitte, una coqueta secretaria que cada vez que podía lucía más de lo debido; Don Raúl, “Rulito” para los amigos, un viejo verde que tenía un abdomen delator de su afición por empinar el codo y Rafael, el parco y tímido estudiante de medicina de San Marcos que sólo salía de su cuarto para ir a la biblioteca o a la universidad.

 

Ellos se sometían a las estrictas reglas que imponía Doña Trinidad, tales como recibir desayuno, almuerzo y una taza de emoliente en la noche, diez minutos como máximo para demorarse en el baño, jalar la cadena del inodoro una vez al día (lo que provocaba diversos olores), el televisor sólo se prendía de 7 a 8 de la noche para ver el noticiero del canal estatal, entre otras inusitadas medidas para preservar “el buen nombre de la Pensión Soto”.

 

Los vecinos los llamaban “valientes”, no solamente por aceptar vivir en esas condiciones (pese al módico precio de las habitaciones), sino por vivir allí pese a las historias que se contaban en torno al “cuarto oscuro”; una habitación al final del pasadizo que permanecía cerrada y noche. Trinidad era la única que tenía la llave, pero la guardaba celosamente en un lugar seguro: entre sus voluminosos pechos, pues pendía de una cadena que siempre llevaba puesta.

 

Delfina, quien por demás parecía una mujer insignificante e ignorante, observaba al milímetro a Doña Trinidad y su extraña actitud, sabía que algo ocultaba y estaba dispuesta a descubrir el secreto de su patrona, por ello, todas las noches fingía dormir para vigilar a Trinidad, que a medianoche ingresaba al cuarto oscuro y permanecía en él horas de horas, aunque lo más raro eran los quejidos y hasta gritos que provenían del cuarto.

 

Delfina, tan devota como era, estaba segura de que no eran almas en pena, sino más bien algo de los vivos, así que ideó un plan para entrar al cuarto oscuro: primero fue a la botica a comprar pastillas para el insomnio. Cada noche, a las nueve en punto, Trinidad tomaba un mate de hierbas aromáticas preparado por Delfina; a los quince minutos, Trinidad ya dormía plácidamente, producto del somnífero, así que era la oportunidad de quitarle las llaves, pero Delfina prefirió esperar hasta las 10 que terminaba su telenovela favorita para poner en marcha su arriesgado plan.

 

A las diez de la noche cogió las siete llaves que tenía Doña Trinidad y cuando ya todos estaban descansando, se apresuró a probar cuál de ellas abriría el más grande secreto de su patrona.

 

Intentó con cada llave una y otra vez sin éxito hasta que…sí, al fin! Encontró la llave correcta. Abrió lentamente el candado, luego la puerta y un olor a excremento la invadió; junto a su lamparita de kerosene trataba de ver lo que había; de pronto dio media vuelta y se topó con un horrible espectáculo: un hombre encadenado a una cama, vestido con harapos, lleno de cortes y heridas empezó a sollozar pidiéndole ayuda. No era otro que José, el marido de Trinidad, quien había sido encontrado por ella tres años atrás en una cantina y a empellones lo había traído de vuelta a la pensión, donde Trinidad lo tenía secuestrado para hacerle pagar caro su abandono.

 

La pobre Delfina no sabía qué hacer, entonces pensó en llamar a una ambulancia, se dispuso a salir del cuarto, cuando el miedo se apoderó de ella al ver a Trinidad parada junto a la puerta impávida, mirándola fijamente con un cuchillo en la mano.

 

Delfina trató de huir, pero fue imposible. Trinidad la dejó irse del cuarto porque tenía todo preparado: ninguna de las puertas abrían, todas estaban cerradas con los duplicados y un fuerte olor a kerosene se apoderaba de la casa. Trinidad esbozó una sonrisa al ver a Delfina tratando de escapar, soltó el cuchillo y dejó caer un fósforo que poco a poco consumió por completo la pensión. Pese a los gritos de los inquilinos tratando de pedir auxilio pues se encontraban encerrados cada uno en su cuarto, nadie se salvó.

 

Nunca se llegó a saber el paradero de Doña Trinidad Soto, nadie puedo encontrarla a pesar de los testigos que hasta hoy aseguran verla recorriendo los más concurridos mercados de nuestra capital, vendiendo papa con huevo y aún con la esperanza de recobrar su vieja pensión, que tantos recuerdos guardó.

 

 

 

 

 

 

 

 

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