
Se sueña tanto con la primera vez. Se le imagina en una habitación oscura a la luz de las velas con el hombre de nuestras vidas, siempre mágica y perfecta. Hasta que un día, a veces el menos pensado, ocurre y zas! Ya está, así fue, no era ni la mitad de lo que soñamos. Pese a ello, tratamos de justificarnos pensando que fue lo correcto y que él, “nuestro primer hombre”, será el único con el que llegaremos al altar, cosa que, por supuesto, muy, pero muy rara vez, suele ocurrir.
Algo así fue mi primera vez. Fue en tu casa un 28 de febrero. Yo tenía 16 años y festejábamos los primeros (y últimos) seis meses de relación. Yo sabía lo que me aguardaba al tocar tu puerta. Tus padres habían ido a un cóctel y llegarían muy tarde. Pese a tener la certeza de que estaríamos completamente solos, no podía evitar sentirme invadida por el nerviosismo. Aunque traté de disimular, mis piernas temblaban y a cada caricia tuya, sentía un frío aterrador que me recorría todo el cuerpo. Dentro de mí, sabía que aún no era el momento.
Cuando todo terminó, trataste de ser cariñoso (no sé si por compromiso o porque de veras apreciabas lo que había hecho por ti). A mí me embargó el llanto y te pedí que te fueras.
A partir de entonces, nada volvió a ser igual entre nosotros. Lo hicimos dos o tres veces más en la parte posterior del coche de tu papá y en el baño de mi casa, pero no, simplemente no funcionaba. La magia se había terminado y era hora de que cada quien hiciera su camino.
A decir verdad, hacerlo contigo acabó con la atracción que sentía por ti. Desde entonces, no podía verte sin odiarte. Me sentía invadida en lo más profundo de mi intimidad, sentí que no habían más secretos por revelar entre nosotros y además, eras tan malo en la cama, ibas tan rápido y yo tan lento que supe que no podía seguir con esto.
Entonces decidí encontrar mi destino, segura de hallar a alguien con el que finalmente surgiría la química. Así conocí a Ronald. Después de estar contigo, acostarme con él ya no sería difícil. Lamentablemente, las cosas no funcionaron y antes de cumplir el mes, decidimos cortar por lo sano.
Luego aparecieron Jaime, Luis, Rodrigo y Roly. Para ese entonces, el amor ya era cosa secundaria en la cama. Lo que yo buscaba, lo que realmente buscaba, era explorar esa sensación plena y placentera, cuando nuestros cinco sentidos se integran en una sola emoción: el orgasmo.
Era un sentimiento tan deseado y tan difícil de saborear en todos sus aspectos. La universidad estaba por acabar y yo había probado toda clase de pieles y experimentado numerosas teorías, todas en vano.
Es así que en el matrimonio de Gretel (mi mejor amiga desde el colegio) vi la oportunidad perfecta para conocer nuevos tipos y por qué no, a mi nueva conquista. Después de haber pasado por mi cama una docena de hombres, podría decirse que los conocía muy bien y dominaba todas las técnicas para hacerlos caer (cosa que por cierto, no era nada del otro mundo, pues los hombres, por sexo, son capaces de vender su alma al diablo).
Entonces te volví a ver ahí, con un whisky en la mano; me pareció tan gracioso volver a verte después de tantas…lunas. Nos saludamos con cordialidad y conversamos sobre lo que habían sido nuestras vidas en estos últimos 10 años.
No tardamos mucho en escaparnos y buscar el hotel más cercano. Nuestros cuerpos necesitaban reencontrarse y reexplorarse con la madurez y experiencia que nos dan los año. La ocasión no pudo ser más propicia y más satisfactoria. No puedo explicar lo que pasó esa noche (más que por pudor, por la media botella de whisky que ahogó mis recuerdos), pero puedo decir a ciencia cierta que fue ES-PEC-TA-CU-LAR: seis veces en una noche, wow! Batí mi récord con quien menos lo hubiera esperado.
No sé si fue tu piel o tu olor o tus labios, el hecho es que ese chico que me causó mi primera gran decepción; aquel que me había hecho el milagro; por primera vez sentí la explosión, sí, esa explosión que pensé que nunca llegaría y que gracias a ti, pude conocer y me desconectó de este mundo para ponerme en contacto con algo muy cercano al paraíso.
Luego de eso nos alejamos por un mes, pero como toda acción trae sus consecuencias, ésta llegó seis semanas después: estaba embarazada, coño! Te llamé para comunicarte la noticia, te dije que no quería tenerlo, pero te negaste a esa posibilidad. Nuevamente nuestras vidas se entrelazaban y esta vez para siempre. Tú y yo seremos padres en unos meses más y aunque la idea me aterra, me alegra, dentro de todo, enfrentar este nuevo reto a tu lado.



