¿Es posible amar y ser infiel? Yo digo que sí. Antes no lo creía y condenaba a aquellos que no contenían las ganas de cometer un traspiés y empañar así su aparente felicidad junto a la persona que eligieron, me parecía un acto absolutamente deleznable y que no tenía derecho al perdón. Hasta que me pasó a mí.
Todo empezó un 2 de julio. Yo amaba a P y él (según él) también, a su modo, claro. Aunque teníamos muchas broncas por su falta de compromiso, atenciones y cariño hacia mí, él siempre me convencía de que yo era la única en su vida y que pase lo que pase, siempre estaríamos juntos. Ambos planeábamos ir a pasar un fin de semana a Valle del Norte. Era la oportunidad perfecta para hacer las paces y tratar de salvar nuestro amor de la crisis que estábamos pasando. Partiríamos el sábado al amanecer, cuando la noche anterior, el muy cobarde me mandó un frío mensaje de texto diciéndome que el sábado tendría que trabajar ¡Qué estúpida me sentí! ¡Cómo pude haber creído nuevamente en él! Es obvio que nunca seré más importante que su trabajo y su codicia por obtener dinero. Pero decidí que eso no afectaría mis planes así que llamé a Marilyn y le supliqué que me acompañara en mi loco viaje, así que el día siguiente, partimos hacia donde el destino nos llevara.
El destino y la falta de gasolina nos llevaron a Chincha, un lugar donde el sabor y los exuberantes morenos nunca faltan. Perfecto para un par de solteras despechadas como nosotras. Nuestra primera parada fue una fiesta patronal donde abundaba el vino casero y el pisco. Ahí me encontré con Héctor, una migo de Mary Jane, mi sensual y mundana amiga. Héctor había sido su gran “amigo” por un tiempo, pero ya no lo era más. Aunque para mí era un patancito más que se creía la gran cosa porque tenía un auto del año, era ideal para acompañarme en esa noche de diversión. P lo conocía y aunque no lo reconociera, lo detestaba por ser guapetón.
Héctor me preguntó dónde estaba P y le dije que habíamos terminado, entonces se ofreció a invitarnos una copa de vino a Marilyn y a m mí. Marilyn aceptó encantada, pues de inmediato había hecho buenas migas con el amigo de éste, Ricardo. Ya en confianza, Héctor me dijo que había hecho bien en dejar a P, ya que yo estaba muy guapa y me merecía a alguien mejor. El vino estaba a punto de acabarse, y mientras Marilyn bailaba “El Alcatraz” con Ricardo, Héctor me ofreció compartir su último sorbo de vino conmigo, pasándomelo de boca a boca, qué asco! Pero como estaba ebria acepté.
Por supuesto que no llegué a encamarme con él. Su beso fue como una visita al dentista. Ni siquiera pude besarlo porque fue como si una boa constrictora inmovilizara mi boca, ag! Treinta años y no sabía meter la lengua. No sabía cómo escapar de ahí, estábamos a cinco horas de Lima y no tenía gasolina, de hecho, ni siquiera podía ponerme de pie. Héctor me propuso que fuéramos a su auto, cuando entonces sonó mi celular, gracias a Dios: era P, diciéndome que había llegado de trabajar y que lamentaba no haber podido viajar conmigo. Cuando me preguntó dónde estaba, sólo atiné a decirle que con unos amigos de la maestría, pero que ya me encontraba rumbo a casa.
Luego de ello, busqué a Marilyn, la llevé a la fuerza hasta el auto, tras lo cual vomité al lado del neumático. Luego dormimos toda la noche y nos fuimos.
Como siempre, me reconcilié con P, aunque a pesar de todo, me sentía culpable por mentirle y no contarle lo que en verdad pasó. En realidad, no había sido tan grave, excepto por el hecho de que Héctor me llamaba insistentemente para repetir nuestra salida y yo recordaba a la abominable boa que me hizo un lavado bucal.
Pero ayer en una acalorada discusión con P, hablé de más y le conté lo que pasó en Chincha. Él, por supuesto, no quiere saber nada de mí y no cree que sólo hubo un beso entre Héctor y yo, y claro está, nunca me perdonará.
Sé que no hice bien en ocultar lo que hice, pero lo que ocurrió me sirvió para confirmar que el único al que amo es a él y sobre todo, comprendí que no quiero besar otros labios que no sean los de P. pero él, típico macho al fin y al cabo, es incapaz de perdonar una travesurita que me costó más a mí que a él. Anyway, si la infidelidad sirve para descubrir lo que de veras sentimos por nuestras parejas, qué viva la infidelidad! (mientras que no me la hagan a mí). He dicho.


