Mucho se escribe sobre el amor, sobre cómo superar decepciones amorosas o cómo conquistar a nuestra pareja ideal, pero hay un aspecto sobre el que poco o nada se dice: cómo llevarnos con la familia de él o ella.
Yo no sabía nada de eso, nunca había pasado por una situación similar, quiero decir, nunca tuve un novio formal, y ahora que pasé por ello, sólo puedo decir auxilio, ojalá alguien me hubiera enseñado qué hacer. La familia es parte fundamental de uno, son gente que estará contigo a lo largo de toda tu vida y si no te llevas con la familia de él o ella, estás perdido.
Pablito es frío y parco conmigo, todos siempre me decían que lo deje y es que sus defectos son más notorios que sus virtudes, es algo así como Colin Firth en “El diario de Bridget Jones”, ¿me entienden? Sin embargo, debo decir en su favor que es una persona sumamente noble, honesta, trabajadora y que ama a su familia: eso hace que lo quiera más. Sin embargo, ese amor por su familia fue la causa de nuestra ruptura definitiva.
Yo no soy muy buena para las relaciones familiares: siempre fui la oveja negra de la mía, vivo con mi papá y de los demás apenas si tengo noticias de vez en cuando. No obstante, valoro a las familias que no son disfuncionales como las mías. Así, he conocido muchos hogares y muchas familias, pero si hay una que es una de mis favoritas, es de la de Pool, el amigo de Pablito y mío: no sólo son unidos, sino que son cálidos y gentiles con sus invitados; aunque me sentía súper nerviosa al principio, su amabilidad me hizo sentirme una amiga de la casa al cabo de un rato.
Pues bien, la familia de Pablito es más bien lo opuesto. Ojalá la familia de Pablito fuera como la de Pool, ojalá él fuera tan centrado como Franco o tuviera la personalidad de Manuel, pero no todo se puede tener en esta vida y con él las cosas, en todos los sentidos, tuvieron que ser siempre difíciles.
A su padre lo conocí un 31 de mayo. Estaba nerviosa, representaba un paso muy importante para mí conocerlo, deseaba tanto ganarme su cariño, su respeto, pensé que de esa manera podría estabilizar mi relación con Pablito, pues realmente deseaba quedarme con él toda la vida. Él me llevó de la mano y me presentó a su padre, quien, sin mirarme, me dio los dedos (ni siquiera la mano entera), se dio media vuelta y se retiró. Hice un esfuerzo por guardar la compostura, mi primer encuentro, un fracaso. Pensé que algo malo pasaba conmigo, que había sido un error ir a esa fiesta, quería llorar, pero luego descubrí que no era yo, que todos parecían estar fabricados en serie y se portaban igual: indiferentes hacia la gente que no conocían, era el “sello Romaní”.
Decidí que eso no me importaría, que yo estaba ahí para acompañar a Pablito y que cumpliría con mi papel de maniquí: nadie me miraba, nadie me hablaba, nadie me saludaba, nadie me sonreía, pero no importaba, yo seguiría ahí, segura de mí, no dejaría que eso me afecte. Pablito no se daba ni cuenta del papel de adorno que hacía, al fin y al cabo es un Romaní más que está acostumbrado a la frialdad de sus parientes y también me hacía a un lado para estar con ellos. “Rayos- pensaba- no saben lo difícil que es estar aquí sentada, en un lugar donde no conozco a nadie y sólo por Pablito, por favor, no me hagan esto más difícil”.
Con todo y todo, logré superarlo y fingir que todo estaba bien. Luego vino otro matrimonio, donde los Romaní iban y venían, saludaban a todos los de la mesa, menos a mí claro, pero trataba de mentalizar que “así son ellos”. Esa ceremonia terminó muy accidentada para mí, luego que me parara y me fuera cuando Pablo, harto de que le dijera que debía irme, pues en 4 horas debía trabajar, me dijo: “No te soporto. Pool tampoco te soportaba. Pero seguro tú le dabas algo a cambio para que te aguante”. Entonces, lo peor aún estaba por venir y luego de 3 días (en que estuve al borde del colapso), nos reconciliamos”.
Siete meses después de superado el impasse y de haberse sentido ridiculizado frente a su familia, me invitó a ir con ellos a la piscina. El panorama fue el mismo, aunque no estaba presente su papá. Nada más bastó que subiera a su coche para que un silencio sepulcral se apodere del ambiente. El “sello Romaní” estaba impreso en el aire.
Nuevamente, disfruté con él en la piscina como si ellos no existieran (si ellos quieren hacer como que no existo, ¿qué puedo hacer?) y luego se dispusieron a ir a almorzar. Yo ya había almorzado y deseaba ir a mi casa a quitarme la ropa mojada, no tenía más que hacer ahí pero Pablito me dijo que no fuera una malcriada y que esperara sentada hasta que ellos terminaran de almorzar para irme con ellos. Monigote no soy, así que expliqué a su familia que debía partir (aunque no sé para qué, porque igual ni me miraron). Él se sintió ofendidísimo y dijo que nunca me perdonaría tal desplante contra su familia, no entendía el por qué, así que se lo esclarecí vía correo electrónico y listo, compliqué aún más mi situación con él.
Serle sincera fue lo peor que pude hacer. No aceptar a su familia es como no aceptarlo a él y es mejor dejar las cosas así. En realidad, aprecio a su familia porque sé lo importantes que son para él y celebro que sus padres hayan hecho de sus hijos gente de bien, pero admitámoslo, no son precisamente unos maestros de las relaciones interpersonales; para ellos nunca existiré y habérselo dicho a Pablo es algo que nunca me perdonará. Lamento que las cosas hayan terminado así, si hubiera sabido que esa era nuestra última vez, lo hubiera abrazado y dicho cuánto lo amo, pero él “hubiera” no existe y cada uno es lo que es y cada uno es lo que es su familia.