Fue encontrarte de repente, el día menos pensado y el lugar menos esperado. Hacía tiempo que no te pensaba, creía que habías querido alejarte para iniciar una relación y que las cosas debían terminar así. Hasta que te volví a ver y una corriente de electricidad recorrió mi cuerpo.
Era domingo, un día impensable para salir. Había trabajado duro toda la semana y lo único que deseaba era pasar esa lluviosa tarde de otoño acurrucada bajo mis sábanas viendo el Chavo del 8. Entonces, Bet me llamó: “Amiga, hace siglos que no nos vemos, salgamos a tomar un café, así nos ponemos de acuerdo para la salida del viernes”. Bet y yo habíamos quedado en ir a un concierto de bailanta a despejarnos de la rutina diaria, hace meses que no salíamos, pese a que sólo vivíamos a dos calles. No pude negarme.
Me puse lo primero que encontré en el guardarropa: una casaca impermeable y unos pantalones de mezclilla. Entonces acudí presurosa a mi cita, de la cual, a decir verdad, no esperaba mucho. De seguro Bet me contaría de su reciente salida con un nuevo galán y yo me limitaría a decir “ah” y “uhm”.
Todo transcurría con tranquilidad, yo fingiendo que la escuchaba y ella hablando sin parar. En eso, llamó mi atención un muchacho a unas tres mesas de la nuestra. Era guapo, aunque visiblemente menor que yo, pero que importaba, sólo quería recrear la vista un poco. Tomé un sorbo de mocaccino cuando el muchacho ya no estaba más. En su lugar, un hombre platicaba animadamente con una mujer. Lo miré una, dos veces, me parecía tan familiar, me recordaba mucho a …no, no podía ser él.
Pero lo era. Después de cinco años, estaba ahí, a pocos metros de mí. Sentí que mis vías respiratorias se empequeñecían y apenas podía respirar. Traté de prestar atención a Bet, parecer risueña y jovial; estaba segura de que me había visto y debía simular que no me importaba, que él ya no significaba nada para mí.
La última vez que tuve contacto con él, fue cuando fui a su casa a pedirle que guardara por unas horas mi walkman (ya que yo debía ingresar a un concierto muy cerca de ahí), pero él se ocultó y me atendió su hermana. Cuando regresé a pedir mi pertenencia, fue su mamá quien me lo entregó, diciendo que él estaba muy ocupado. Fue entonces que comprendí: no quería verme nunca más.
Me dolía aceptarlo, pero más me dolía su cobardía en no explicarme qué era lo que pasaba. Hilvané muchas teorías, me culpé a mí misma durante años, hasta que dije ya no más.
Ahora era sólo un recuerdo. Lo quise mucho, es cierto, pero en esta vida todo pasa. Tuve después algunas relaciones intrascendentes, hasta que conocí a Pablito y, sin querer, me enamoré de él hasta los tuétanos. Estaba segura de mis sentimientos y ni siquiera volver a verlo haría que cambie de opinión.
Hace años deseaba verlo, pero no para saludarlo, si no para reprocharle su actitud: lo odiaba por haberme mandado a la goma cuando más lo necesitaba. Él era mi mejor amigo, y de un día para otro se convirtió en un extraño más.
Escribí mucho sobre él, inventé historias en las que lo añoraba desesperadamente, soñaba con encontrarnos algún día y confesarnos ese sentimiento escondido que mantuvimos reprimido durante nuestra adolescencia, pero al fin y al cabo, sólo eran fantasías, formas de cerrar aquel capítulo con un final feliz. En el fondo no guardaba nada y dentro de todo, sentía gratitud hacia él por dejarme ir. Él me enseñó a ser fuerte y a resistir los embates de la vida, y si no hubiera hecho lo que hizo, nunca hubiera dejado de depender de él, nunca me hubiera convertido en la mujer que soy ahora.
Ahora lo tenía frente a mí y debía fingir que no lo conocía porque así lo quiso él. Saludarlo, reprocharle su alejamiento, hubiera sido en vano y bastante vergonzoso. Un fugaz beso entre él y su pareja me lo confirmó. Yo ya no era más alguien en su vida.
Finalmente, creo que me reconoció y emprendió una rápida huida. Cabrón, a qué le temerá? O habrá creído que lo seguí sólo para verlo? Y como para poner la cereza al pastel, pasó con toda intencionalidad a escasos 30 centímetros de mí, con ella de la mano.
Seguí conversando con mi amiga y en ningún momento lo miré. Si hubo un ganador en todo esto, no lo creo.
Te conocí un 29 de mayo del 2000 y te vi por última vez un 29 de mayo del 2009. Sé que no habrá próxima oportunidad. Ahora soy feliz y veo por qué te alejaste: porque eres un inseguro de mierda. Puedes querer mucho a tu pareja, pero te mueres de miedo de verme y sentir que ese sentimiento aflora de nuevo con la misma intensidad de años atrás.
Al menos me reconforta saber que ella no es mejor que yo, que mientras ella tiene cuerpo de kión, yo soy como el vino y en nada me parezco a la niña regordeta y cachetona que conociste. Ahora soy una mujer renovada, guapa (para algunos) y muy segura de algo: de que no quiere volver a verte nunca más.
No ganas al intentar el olvidarme…