NICE SPA

18 04 2009

peluqueria1

Hay muchos que temen ir al dentista y hacen lo posible para evitarlos, pero debo confesar que yo no les tengo miedo a las endodoncias y ortodoncias, sino a las peluqueras.

Es por eso que no pisaba la peluquería desde hace un año. Pero la longitud, y sobre todo, las horquillas de mi cabello, exigían una visita a gritos. Había pospuesto este momento por semanas, hasta que hoy me decidí: luego de trabajar iría a un salón de belleza aceptable y cerca de mi casa. Digo aceptable porque todas las peluqueras de ese lugar al que planeaba ir conocen más o menos su trabajo y no tengo quejas de ellas. Sin embargo, tuve que desistir cuando me dijeron 20 soles ¿20 soles? Por acá.

Claro, sube la gasolina, suben los alimentos y el corte de pelo también tiene que subir, ¿qué se habrán creído? Ni que fuera un salón de categoría. Nuevamente me encontraba en el principio y debía buscar otro “centro de estética unisex” que cumpliera mis expectativas: que no esté tan vacío como para que me vea obligada a entablar una conversación con la peluquera, que se vea decente y sobre todo, que sea atendido por mujeres, y es que no asimilo que un hombre toque mi pelo. Recuerdo el día, que aún con 9 años, un peluquero gay me dejó con el corte de un militar al encomendarme a él. Salí llorando del lugar con la promesa de nunca más dejarme tocar por uno de ellos.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco peluquerías a lo largo de diez cuadras, estaba realmente agotada y nada. Cansada de buscar, decidí meterme al más cercano a mi casa: Doña Julia. Al entrar, quise huir de inmediato, pero ya no tenía escapatoria. Un anciano con rosácea en la nariz y una navaja cual Barbero de Sevilla me pedía que me sentase. Se notaba su desesperación, seguro no había visto entrar a nadie en siglos. Las telas de araña y los cepillos viejos revelaban que hace muuuucho nadie se paraba por ahí. En eso, apareció una mujer regordeta y cegatona que me ahorcó con un mantel de plástico ¿Quieres cambio de look?- me dijo.

“Maldita sea, por qué no fui al otro? Dios mío protégeme, prometo cuidar más mi cabellera, pero por favor, no permitas que me dejen calva”, decía sin querer mirarme al espejo, con los ojos puestos en un póster de JLo.

Luego, no podría describir, aunque quisiera, qué pasó: sólo recuerdo que la señora, tratando de afinar su corta vista, pasó mi cabello hacia delante tapándome la cara (seguro para no ver lo que sucedía). Esculpía en mi cabello cual arbusto y me decía que tenía bonita cabellera (lo cual me confirmó su ceguera). Finalmente, apoyaba su mano en mi frente y me daba los toques finales con un fijador en spray (el cual pongo en duda que se tratara de un fijador pues olía fuertemente a bencina: gracias a Dios nadie prendió un cigarrillo por ahí). “Ya, estás preciosa”, decía por compromiso la pobre anciana a cambio de recibir sus cinco soles, mientras yo cerraba los ojos, negándome a ver la realidad.

Al abrir los ojos, vi una lata de gomina vencida junto a una foto antigua de Chayanne y quería llorar: “¿Por qué no le dije a mi amiga que estudia cosmetología? ¿O a la mamá de Yanet? ¿Por qué no lo hice yo misma?” pagué y salí raudamente decidida a no regresar.

“Lo barato sale caro”, pensé. Sin embargo, el resultado no estuvo tan peor. Estaba igual que antes, sólo que sin horquillas. Un gran alivio y un olor a bencina invadieron mi cuerpo. “Pos ahí se va”, me dije.